Lo que les pasaba era que cada mal rato producía un malestar que a su vez producía más malos ratos y más malestar, de modo que su vida en común estaba llena de malos sentimientos y malos ratos, tan llena que poco más podía crecer en aquel terreno tenebroso. Entonces, una mañana, experimentó una sensación de paz que venía de la tarde anterior: había pasado la tarde cosiendo, mientras él leía en la habitación de al lado. Y, un día o dos después, por la mañana, sintió una satisfacción que procedía de la noche anterior, cuando él se quedó a hacerle compañía mientras ella lavaba los platos de la cena. Si los buenos ratos se multiplicaban, pensó, cada buen rato producirá buenos sentimientos que a su vez producirán más buenos ratos que producirán más buenos sentimientos. Lo que quería decir era que los buenos ratos quizás se multiplicaran tan rápidamente como el cuadrado del cuadrado, o aún más rápido, como ratones, o como setas, que brotan de la noche a la mañana de una espora desprendida de una seta madre que a su vez, con otras muchas, ha brotado de la noche a la mañana de una seta madre, hasta que su vida con él estuviera tan llena de buenos ratos que los buenos ratos excluirían a los malos, tal como los malos ratos casi habían excluido a los buenos por el momento.