miércoles, 26 de febrero de 2014

Gladys. Nunca dejes de preguntar. Capítulo TRES


Gladys.
NUNCA DEJES DE PREGUNTAR - Capítulo 3
por Laura Torres

Fino se despidió rápido. Al irse, su mirada no se despegó del piso. Esperando tal vez que las baldosas calcáreas, en sus arabescos castaños, pudieran decirle algo.

Desde adentro del local Gladys lo vio alejarse.  Poco había quedado del Fino que hace un rato nomás _con la prepotencia de sensaciones que la paternidad le había dado_  la abrazó largo, largo. La espalda parecía querer envolver el estómago que, desde que Rosalía se las picó, se le había diluido por entre las piernas, como la esperanza que se derrama y deja un reguero al costado.

Caminaba despacio. La gorra le caía a un costado queriendo barrer las hojas que ya, con marzo avanzando, se arremolinaban por entre las baldosas, el asfalto.

Cuando lo vio doblar la esquina, Gladys se aseguró que estuviera puesto el cartel de cerrado. Eran las 9 y cuarto, le quedaban dos horas hasta que llegara Mary.

Sin pensarlo mucho, fue para la habitación que está en el fondo. En el cuarto había una mesa y una biblioteca de cedro. Había fotos de Gladys cuando era chica. En una estaba en la playa, con un mechón de rulos que le cruza la cara y los ojos entrecerrados por el sol. Había figuras de perros y gatos de cerámica. Había un cartel de chapa: 




Era el cuarto de trabajo de Raúl, el viejo de Gladys. Ahí recibía a sus clientes más antiguos. También, a los que venían con algún pedido especial, una necesidad atravesada. Ahí estudiaba.  

Después que Raúl murió, tal vez habrá sido después de tres años, Gladys fue sintiendo que retrocedían de su pecho las escamas, las lágrimas cristalizadas de hija. Hija única. Retazo de una familia que con ella se terminaba.

Ahí ella, con dos tijeras en cada mano, avanzó con sus brazos tentáculos y sembró la peluquería por entre los cuartos de la vieja casa. Se entreveró por los espacios que el recuerdo transparentó.
Raúl era ebanista. Trabajaba sobre maderas de otra era, casi de otra galaxia: cerezo, almendro, ébano. Le gustaba tornear la materia, mirarla a contraluz. Medía así las posibilidades que cada trozo daba. 

También lo hacía con las personas. Con sus ojos renegridos (mímesis genética de los frutos del olivo de su tierra vasca) los miraba sin mirar. Y en un corte transversal, como el que hacía con la sierra para biselar, entendía qué necesitaban.

Ese cuarto había quedado como reducto del viejo muerto.

Pequeño mitin de espectros melancólicos al que Gladys recurría cuando necesitaba.


Gladys entró al cuarto. Prendió  un velador que estaba sobre el escritorio y un haz de luz color melón se proyectó sobre la madera veteada.

Subió a una pequeña escalera, que estaba al pie de la biblioteca y se quedó mirando los tomos de la Enciclopedia Salvat que se alineaban en el último estante.

Los tomos eran dieciocho. Agarró tres y bajó con cuidado. Afuera, un jilguero buscaba imponerse con su canto, al sonido de una sirena que se escuchaba rauda.

Continuará…

jueves, 20 de febrero de 2014

Un cuento de Amy HEMPEL: El hombre de Bogotá

El hombre de Bogotá 

                                                                                                                  por Amy Hempel

La policía y el servicio de emergencia no la conmueven lo más mínimo. La voz del esposo suplicante no produce el efecto esperado. La mujer sigue en la cornisa..., aunque amenaza que no será por mucho tiempo. 

Me imagino que me toca a mí persuadirla de que no se tire. Veo la situación y sucede así: 

Le cuento la historia de un hombre de Bogotá. Era un hombre rico, un industrial al que secuestraron para pedir un rascarte. No era un drama televisivo; su mujer no podía llamar al banco y obtener un millón de dólares de la noche a la mañana. Le llevó meses reunir esa cantidad. El hombre tenía una afección cardiaca, y los secuestradores tenían que mantenerlo con vida.
Escuche esto, le digo a la mujer de la cornisa. Sus captores le obligaron a dejar de fumar, le cambiaron la dieta y le obligaron a hacer gimnasia todos los días. Lo tuvieron así tres meses.
Cuando se pagó el rescate y liberaron al hombre, su médico le hizo un chequeo. Comprobó que su estado de salud era excelente. Le digo a la mujer lo que entonces dijo aquel médico: que el secuestro era lo mejor que le podía haber pasado. 
Quizá no sea la historia adecuada para que alguien decida bajar de una cornisa. Pero la cuento con la intención de que la mujer que está subida en la cornisa se haga una pregunta, la pregunta que se le pasó por la cabeza a aquel hombre de Bogotá. Se preguntó cómo sabemos que lo que nos está sucediendo no es bueno.
     

Gladys. Torbellino inicial. Capítulos UNO y DOS.

Gladys 

          TORBELLINO INICIAL - Capítulos UNO y DOS 

por Laura Torres 

UNO

Ese día abrió más temprano. Venía Finestra, el comisario de la 23. La que queda en Newbery y Estomba, ahí donde Newbery se hace larga y envuelve, en un abrazo grisáceo, el paredón del cementerio.
- Gladys tengo un caso especial. Cuándo me podés atender? , le dijo sin saludar apenas Gladys atendió el teléfono. Fue el martes a la noche. 
- Finestra como te va, el viernes puedo verte temprano, a las ocho. ¿es muy complicado? ¿hombre o mujer?, le contestó. Da la sensación que últimamente trata de sondearlo un poco para saber qué se trae entre manos. Más desde la vez que le pidió ir a la comisaria para arreglarle el pelo a un Sub Oficial. Lo habían acribillado hacía dos horas.
Aquella vez, cuando Gladys llegó a la comisaria todavía no le habían avisado a la familia. Antes de tomar coraje y llamar a la vieja, Finestra quería asegurarse que lo podían dejar un poco más presentable.
- Gracias por apersonarte a esta hora, le dijo apenas la vio bajar del patrullero con que mandó a buscarla. Gladys llevaba una valija marrón, como la que llevan los  magos que animan cumpleaños.  
La hicieron pasar por una puerta del costado y en un catre que usa Finestra para dormir la siesta, ahí nomás en su despacho, habían acostado al finado.
Un pibe que apenas rozaba los treinta, flaquito, morocho, de pelo enrulado. De solo verlo daban ganas de llorar. Los de forense ya habían limpiado los pedazos de seso y sangre que le habían quedado pegoteados en la cara. Una venda le cubría el hueco que la bala había dejado en la cabeza.
Gladys se sacó el sobretodo beige con que se había arropado, apurada, al salir de su casa y se puso a trabajar. Le cambió la venda por una mezcla de gasas y siliconas. Las mismas que usa para darle volumen a las uñas de los pies. Con esa masilla selló el agujero que el pibe traía el marote. Su cabeza, era una triste luna menguante que ya no reflejaba. 
Sobre la mezcla, Gladys le entreveró negros bien oscuros que tenía, muy parecidos a los del muchacho. Después le lavó la cabeza con cuidado, y para que no se notara que había parte de rulos y parte lacio se lo engominó todo para un costado.
Terminó cuando una luz naranja se colaba por la persiana. Ya madrugaba.  
- Te pasaste hoy Gladys, se lo escuchó decir a Finestra lagrimeando. Mientras Gladys trabajaba se había quedado todo el tiempo sentado del otro lado del escitorio, mirando el piso. Se lo veía cansado, se le marcaban más las tres líneas que le atraviesan la frente y las patas de gallo que le encadenan los ojos. Cada tanto, se pasaba una mano por los bigotes canosos. 
- Hice lo que pude, contestó ella. 
_ Venite en la semana que te ayudo un poco con esa facha. Entró una nueva crema de pepinos, te van a aflojar un poco las ojeras y las líneas que tenés ahí, agregó. Y con la mano le tocó la frente. 
- Son muchos años de gorra, contestó Finestra. Con esta cara, no me queda otra que seguir como cana.
- Chau Finestra, pasate en unos días, insistió Gladys y encaró para la puerta. 
- Te llevan en un móvil, dijo rápido
Pero prefirió caminar unas cuadras. Volvió con el maletín y arrastrando las nike blancas -regalo de un sobrino- que alcanzó a manotear cuando sonó el teléfono a las dos de la mañana. Apenas recorrió unas cuadras, sintió que el vaho a muerto iba quedando anudado en las cornisas, en las calles, en las cunetas de la ciudad que a tras luz, ya con el sol picando, atravesaba. 

DOS 

Habrán pasado unas tres semanas. Finestra volvió a llamar. 
- Hombre o mujer? Le volvió a preguntar porque del otro lado Fino -como le dice ella a veces- se había quedado callado. 
- Femenino, le contestó y se escuchó que la línea se cortaba.
Sin más datos, el viernes bien temprano Gladys fue a la peluquería, a esperarlo.  
A las ocho golpeó el vidrio. Venía de civil. La desconcertó. No supo cómo tratarlo, se había familiarizado a su uniforme. La chaqueta ponía una distancia entre ellos que le permitía estar más relajado. A veces, las instituciones, confieren un equilibrio precario.  
Por eso, cuando lo vio tardó unos segundos en reaccionar y Fino un poco nervioso, la apuró con una levantada de cejas mientras avanzaba hacía la puerta.  
A medida que se acercaba, Gladys vio a la piba. 
Podemos decir eso,  la Piba porque al lado del Fino, lo era. Era una piba. 
Gladys la pispeó de cerca. Ella, que tiene la mirada entrenada en descubrir el temor imperceptible que esconde una cara. Ese que es como una mariposa que aletear por debajo de una pestaña torneada. La chica llevaba un flequillo corto y el pelo tirante en una colita. Petisa, flaquita. No parecía muy atractiva pero tampoco fea. Más bien que era una de esas mujeres que cuesta recordarlas. La había resumido bien Fino en su llamada, un femenino. A secas.
-  - Problemas con un femenino cana, veremos, se dijo Gladys sonriendo. Los dejó pasar. 
  La piba avanzó con pasos cortos, mirando para abajo. Llevaba una mochila azul, un pullover de hilo también azul y pantalones.  "Que cosa estos milicos, si hasta para coger se deben poner un trajecito azul", pensó mientras le devolvía a Fino la cabeceada que le había dado, como saludo.
- Como anda todo Gladys?, me dijo. 
- Bien Fino, gracias. 
Y ahí Fino se largó a hablar. Como una gallina clueca, tomaba un tema, discurría y sin terminarlo pasaba a otro. Se preguntaba y se contestaba a la vez, hacía hipótesis. Farfullaba.  
Empezó con el tema del tiempo y la importancia de podar los árboles ni bien comienza el otoño. Luego le preguntó por el negocio, pero sin esperar respuestas aventuró un par de ideas sobre la economía del país y el control de precios. En un momento, como recordando que yo estaba  ahí, le dijo,
- "Decime Gladys, a vos el control de recios te afecta?". 
A esa altura Gladys apenas lo escuchaba. Lo miraba tratando de entender qué le pasaba . Era claro que estaba nervioso, nunca lo había visto comportarse así, como una gallina clueca.
Pero lo que más intrigaba me daba era saber qué se traía Fino con la pendeja.
Por la piba, no había que ser una luz para darse cuenta que estaba cagada en las patas. 
- Y esta señorita cómo se llama? le preguntó cortando la verborragia. Necesitaba ir al grano.  
Mi pregunta lo dejó seco. Se puso serio y en la cara se le volvieron a plantar las ojeras de siempre. Acomodó el cuello de  su camisa y carraspeó. 
-Rosalía, la señorita se llama Rosalía. 
Raro nombre para una chica pensó, mientras saludaba a la piba. 
Ahi nomás, habrá sido por verse en el medio de la cuestión, la chica empezó a lagrimear. Primero fueron unas pequeñas gotas que le corrieron por las mejillas, que luego se convirtieron en dos zurcos que le bañaba un lado y el otro de la cara. Con los puños del sweater de hilo, se enjuagaba las lágrimas. Sin éxito, aspiraba la nariz para no moquear. 
Gladys atinó a pasarle un brazo por arriba de los hombros y fue peor. Parecía difícil pensar que alguien podía llorar más que eso, pero fue tocarla y el llanto se duplicó, que digo, se cuadruplicó. Por un raro efecto  del caudal de lágrimas, ya no se se le veía la cara. Era toda agua. Como si el llanto pudiera subir hasta cubrir las cejas, la frente, todo.
Quedaron paralizados los dos mirándola, hasta que Gladys lo cazó a Fino de un brazo y lo llevó para el fondo de la peluquería.  
- Fino, qué es toda esta historia?, le lanzó apenas se pararon al lado de la pileta de lavados.
- Vamos soltá prenda que así no te puedo ayudar. En que andás metido con esta piba? Tuvo que volver a insistirle. A esa altura era claro que el Fino era parte del problema y algo se traía con la piba. 
- Rosalía está esperando un pibe Gladys, se enteró hace diez días.
- Ah, y el hijo de puta que la embarazó no quiere hacerse cargo?, preguntó Gladys ya de manera medio atropellada, porque estaba un poco ansiosa con tanta vuelta.
- No, no. Yo lo quiero tener. Ella se lo quiere sacar.
Lo escuchó y tuvo que acomodar en su cabeza las palabras. Fue como si Fino de repente le estuviera hablando en otro idioma, en chino mandarín o no sé, en guaraní. No podía creer lo que escuchaba, tenía que haber un error. Finestra iba ser papá?, El mismo Fino que no tuvo empacho en desfigurar a dos pibes una noche, porque ya los habían agarrado otras veces choreando? El que duerme en una pensión a la vuelta de la comisaria, porque dice que cuando termina el día no puede cuidarse ni a sí mismo? 
¿Fino defendiendo su paternidad?
Mientras trataba de calibrar la situación, lo escuchó que le dice:
- Me gusta la idea de tener un pibe, a mi edad te podrás imaginar. 
- Te felicito, Finestra. Y fue decírselo y pegarle un abrazo que otra que campeones del mundo. Lo abrazó por él, por el pibito por nacer, por los hijos que le hubiera gustado tener, por los chicos de la escuela 13 que ve pasar todos los días. Lo abrazó por todos los pibes del mundo. Con esa cosa que tienen las mujeres que les vibra la concha cuando piensan en bebés o cuando ven venir a otra con uno de la mano. 
- Te felicito, te felicito, repitió varias veces. 
Medio lagrimeando creo, de a poco se fueron soltando. 
- Y Rosalía quién es?
- Es de Policía Científica, vino a nuestra comisaria a dictar un curso de  Análisis Criminal. 
- Ya se que es cana Fino, se huele desde la esquina. Lo que te pregunto es cuál es su historia, cómo cayeron juntos, le dijo.
- Es buena mina, le contestó. Un poco piantada nomás, como toda mina. Hace un tiempo que nos andamos viendo, al principio medio afilando nomás, pero yo, creo que me fui enganchando.
- Y ella te quiere?, le preguntó.
- Que se yo, a veces me parece que sí. 
- Pero no quiere tener al bebé. Que quilombo la verdad, le dijo, sin saber qué hacer. 
- Por eso la traje. Está así desde que se dio cuenta que estaba embarazada. No se le puede hablar, se pone a llorar ya cuando me ve entrar. Casi no come de los nervios.  Tengo miedo que les haga mal.
Le partió el alma ver a Fino hacerse cargo de su pedacito de familia, de ese amor medio amontonado que tenía con la piba y de la sombra de vida que ella llevaba  en la panza. 
- Yo de psicología no sé nada Gladys, yo soy comisario, siguió hablando.
- Bueno, dejame que voy a intentar, le dijo. Vos quedate acá, a ver qué pasa.
 No sabía ni cómo arrancar porque a la piba no la conocía y se la veía muy angustiada. Tenía miedo que cualquier cosa que dijera empeorara la situación. 
Fino quedó sentado en uno de los sillones para lavar el pelo. Cuando Gladys encaró para la mina se di cuenta que hacía un rato que ya no se la escuchaba. Fue tanta la emoción con Finestra que se habían olvidado que a unos metros nomás había quedado Rosalía. 
Al principio no la vio. "Sonamos", pensó. 


lunes, 17 de febrero de 2014

Un cuento, el nombre es casual.

Francisco

por Laura Torres


1 -

Entró a la farmacia para comprar el antibiótico que le habían recetado a Memé.
A eso de las cinco fue que lo había llamado Teresa. Dijo que no era nada que  temer, pero que tenían que cuidarla por el enfisema que tiene en el pulmón izquierdo.  Teresa se había instalado desde la dos de la tarde en la casa de Laprida, no quería dejar de estar para cuando llegara el médico.
_ Dejá que yo en media hora me libero y les alcanzo el remedio, le dijo antes de cortar.
Mucho no le quedaba por hacer, pero a fuerza de hábito no quería dejar la oficina antes de las cinco y media. Le quedaba un rato todavía para ocupar. 
Pensó entonces que tenía pendiente lo de la Cámara. 
El Boletín mensual que seguro estaba sobre el escritorio, entreverado con otros papeles, se lo recordaba sin necesidad de verlo siquiera. Era una picazón molesta, como la que da la piel escoriada.
Decidió entonces  entrar  a la cuenta  de Sol  y desde ahí se puso a escribir. Iba a pedir le suspendieran la inscripción.  Ya avanzaba octubre, hacía calor. Francisco sabía que lo mejor hubiera sido mandar el mail en septiembre que es cuando la Cámara hace el cierre anual. Trató de concentrarse mirando fijo el teclado.
Tipeó un par de minutos: 

“Estimada Cámara de Productores y Acopiadores de Granos
Nos dirigimos a Uds. a fin de solicitar la suspensión de la matriculación.
Atentamente,”

Lo leyó y se dijo a sí mismo que hasta a Sol le hubiera salido mejor.
Acomodó y desacomodó las rodillas un par de veces, quizás como un rasgo de indecisión. Pensó unos minutos, habrán sido cuatro o cinco,  hasta que agregó un renglón. 
El agregado decía que los directores se encontraban residiendo en el exterior desde hacía meses  y que los servicios de la cámara no serían aprovechados por la empresa.
En una segunda lectura puso usufructuados en lugar de aprovechados. Lo releyó;  “los servicios de la cámara no serían usufructuados por la empresa”.
Una palabrita leguleya siempre gana el respeto del lector, se dijo y sonrió. 
Presentía que al viejo carcamán que está en la administración de la Cámara ese tono le podía llegar  a gustar.
Pensó que si además ponía el nombre del viejo, el pedido era un ganador. Pero no se acordaba el nombre ni tenía ganas de buscarlo en  los boletines que tenía dando vueltas en los cajones y las pilas de papeles que rodeaban el cuarto. Entonces leyó una vez más el mail y lo mandó.
Después hojeó algunos papeles que tenía a mano, leyó los obituarios del diario del lunes y cuando estaba por apagar la computadora, vio que tenía un mail nuevo en la casilla de Sol.

“Estimados Old Honey,
De nuestra consideración,
Nos dirigimos a Uds. a fin de informarles que vuestra solicitud de suspensión en la membresía ha sido rechazada.  Motiva esta decisión que de acuerdo al punto 3.2. de los Estatutos, los servicios que ofrece esta institución se encuentran a disposición de todos los miembros, con independencia de que sean aprovechados o usufructuados por los mismos. 
Le informamos asimismo que el 10 del corriente venció la cuota anual.
Atentamente,
Lucio Mármol _ Consejo de Administración.”

De a poco fue hundiéndose en el sillón. Se preguntaba  cómo había hecho el viejo, el Lucio Mármol, para responderle en tan poco tiempo. Chequeó los mails. Habían pasado siete minutos entre su pedido a la Cámara y la respuesta. Para colmo, Mármol había coronado la eficiencia con citas del reglamento, murmurándole con sorna en cuestión de minutos, que lo suyo  ya estaba finiquitado, resuelto, desde tiempo atrás.
Pero lo que más le empezó a batir en la cabeza como un partido de ping pong  era la idea de que Lucio Mármol, de alguna manera, había entreleído su estrategia con la palabrita “usufructo”. Por eso el viejo, se dijo, había traído a cuento, en un gesto inequívocamente burlón, la palabreja “provecho”.
_ Sí eso, un gesto inequívocamente burlón, se repitió a sí mismo y ese pensamiento le sonó bien. Quizás hasta que lo envalentonó. 
A todo esto ya eran las cinco y media. Francisco miró el reloj que estaba al pie de la pantalla y medio apurado salió.
Las primeras cuadras fue dándole vueltas al asunto de la Cámara. No es casual. Se acordó de los eneros en que Memé clausuraba la casa, sin entreabrir siquiera las ventanas del frente. Le daba vacaciones a Mary y le decía, porque sabía que así la voz corría en la cuadra, volvemos después del carnaval. Pasado el mes, un día las celosías se abrían y las cortinas de lino se dejaban caer hacia afuera de las ventanas para que se airearan. También para completar la farsa. Entonces Memé salía  a pasear por las calles angostas del barrio, bronceada de achicharrarse en enero en la terraza.
_ Por entre las dunas esteñas;  contestaba impávida a las amigas, al almacenero que le preguntaba por los días afuera.
Francisco entró por fin al Farmacity. Se preguntó si Memé lo hacía mejor. O si era que le tenían más conmiseración, más que la que tuvieron con él los de la Cámara.
Mientras estaba en la cola para pagar se acordó de cuánto le gustaba  espiarla mientras leía el diario, sentada en el sillón de mimbre que está todavía en la galería de atrás. Se quedaba seco mirando su perfil de color cobrizo y los pelos lacios dorados peinados hacia atrás. Francisco no piensa en eso, pero seguramente Memé tendría puesta alguna de sus soleras bahianas, que le marcaban  lánguidamente  el cuerpo.
-          Junto con los antibióticos, por quince pesos más te podés llevar dos  postres  Danette de crema americana, le dijo la cajera antes de cobrarle.
_ Ojo con la cremme que puede estar rancia, dijo Francisco en voz bastante alta. La cajera, que tenía el pelo castaño atado con una colita y las uñas pintadas de rosa lo miró y le contestó algo así como, no entiendo de qué me habla.

2 -

  -    Qué linda te queda esa camisa.
-       La tengo puesta desde hace tres días, contestó Francisco.
Tuvo que tocar el timbre, se había olvidado las llaves. Todavía tenía en la cabeza lo de la Cámara.
_ Siempre fuiste bueno para las bienvenidas, respondió Carla.
Francisco entró con ojos clavados en el piso. De la mano izquierda le colgaba la bolsita de Farmacity.

Por mirar algo, le miró las sandalias. Eran  color verde musgo, medio opaco. Por momentos  parecían querer confundirse con el de las cerámicas calcáreas del porche. Las trenzas de cuero que sujetaban el empeine, subían por el tobillo en donde se anudaban como una enredadera espigada.
 _ El que llega soy yo, de qué bienvenida me hablás?, le dijo.
Mantenía la mirada clavada en el pié de Carla, en el tobillo bronceado, el arco erguido y pronunciado del metatarso y los huesos de los dedos que se dejaban ver largos, con los nudillos marcados.  
Las sandalias son nuevas, se dijo Francisco. Sintió que el estómago se le deslizaba por entre las piernas, como si con la comprobación una parte de su cuerpo se esfumara.
La pensó obsesionada eligiendo las sandalias. Necesita estar segura para animarse a mostrar los pies.
_  Mis dedos de simio, le escuchó decir más de una noche. Se quejaba mientras los ponía en agua fría, dentro del bidet.
La convivencia no es sólo la desnudez de los cuerpos, le dijo la psicóloga hace unas semanas.
Todavía se impresiona de recordarla. Dura con lo más frágil, como cuando ponía los pies bajo la pata del piano para aplanar las falanges, los huesos anudados por el ballet en punta que ejercita a diario.             
Como un chico que forcejea y esconde la boca para negarse al remedio que le van a forzar a tomar, a veces la realidad lo gana. Es cierto que se las ingenia para vivir bastante bien sobre suposiciones, recuerdos, las sonrisas de otros años. Es verdad. Pero así y todo su dolor intuye las implicancias de ese escurrirse del otro. Y como si no alcanzara, cada tanto algún elemento salta y le murmura que el rito diario de compartir el sueño, de desposeerse de a dos en el descanso, está terminado.

3 -

Supo al instante que fue Memé la que la había llamado. Lo hace en cada recaída. Si estuviéramos en una película, ella aparecería mirando un cuadro del pasado.
_ ¿ Fue por lo del chico, no?. Esas fueron las primeras palabras de Memé cuando se enteró que se habían separado.
Estaban sentados en la galería que da al patio, en las sillas de metal que trajeron de “Los Cardos”. Memé, en verano, para remozarlas, le había puesto uno almohadones floreados.
Al costado, en una mesa redonda de no más de un metro de diámetro había varias revistas y los anteojos que Memé se había sacado cuando lo vio llegar.
El ruido de la calle que venía del frente de la casa, contrastaba con el silencio que salía del patio. Como si en ese patio, hundido entre medianeras amarillentas y balcones con cerramientos o alambrados, se estancara algún silencio anudado.
¿Qué pasa cuando se muere un niño? Aquella vez Francisco no pudo preguntarse mucho, Los trámites en la clínica y después el sepelio, las decisiones sobre el cuerpo, las preguntas de los que vinieron de Tandil, todo contribuyó para mantenerlo alejado de lo que había pasado. Además todo el tiempo había estado la preocupación sobre cómo reaccionaría Memé. Si bien Teresa no se le despegó ni un instante, aquella vez Memé fijó sus ojos celestes en Francisco, lo siguió con la mirada durante todo el entierro. Lo miró como nunca lo había hecho antes.
¿Y qué pasa cuando es el niño el que decide morir?.  Esa pregunta creo que nunca fue realizada.
  _  Más que los hechos, es no poder hablar sobre los hechos lo que a ustedes los terminó matando.
Eso también se lo dijo Elena, la psicóloga.

- 4 -

Para ser sinceros tampoco es que viene todos estos años sin mojarla.
A los tres años de separarse Francisco tomó envión y llevó una chica a lo de Memé. La había conocido en un vuelo a Salta.
Marianne se habría criado en Berlín junto con su mamá, una rosarina ya avejentada  que nunca más volvió por estos pagos. Aquella vez, en el avión escuchó con ilusión los decires camperos de ese hombre delgado, seco como el verano, que hojeaba papeles de trabajo en la pequeña butaca de avión a su lado. Tenía 26 años, y probablemente la sedujeron los relatos de Francisco, con sus historias de negocios inhasibles como los nudos de cardos que atravesaban las tierras áridas de las que él le hablaba. Pensó que por fin iba a poder ser parte de esos lugares lejanos, melancólicos, que mitad en castellano, mitad en alemán, su mamá le había narrado.
En el segundo verano que pasaron juntos, Francisco no dejó de pensar que la dicción europea de Marianne, que daba saltos elusivos ante las consonantes silábicas, sosegaría a Memé.
Se animó entonces a presentarla.
Al principio todo anduvo bastante bien, se entretuvieron charlando de Munich, de Berlín y de la época en que Memé vivió en Francia. Fue más o menos a las seis de la tarde, después del té de naranja que Memé se excusó y salió para la habitación del fondo. Al rato volvió y trajo una caja. Dijo algo así como “para que conozcas a mi hijo te voy a mostrar unas instantáneas”. (A Memé le gusta usar ese tipo de palabras).
En ese momento, Francisco no pudo dejar de pensar en un partido de fútbol. Era contra los del Santísimo Sacramento en el patio de atrás de la parroquia. Tendría ocho años y en la mitad del primer tiempo metió un gol. Se acordaba muy bien de ese día. Con ese gol su equipo sacaba dos de ventaja. Para el Santísimo jugaban dos primos, los Herrera. Eran primos, como ya dije, pero les decían los mellizos porque habían nacido el mismo año y porque nunca se separaban. Sus mamás, dos hermanas, andaban también siempre juntas, los iban a buscar al colegio, a hace los mandados. Los martes a la tarde los llevaban a inglés en un falcon que se turnaban para manejar. Una manejaba, la otra cebaba mate y hablaban.
Francisco, esa tarde de fóbal, mientras jugaba, se fue dejando llevar por el engranaje de códigos cómodos, naturales, malformados, en fin familiares, que los Herrera manejaban.  
Hasta que en medio de una larga puteada, donde los pibes medían fuerzas agregando un insulto al último que el otro pronunciaba, Francisco que corría medio colgado de ese cable de tensión malhablada, se dio de jeta contra un poste que estaba al costado de la cancha.
Primero sintió un golpe y después se quedó a solas, como a oscuras.  golpazo que se dio en la jeta se le desconectó también la mirada. De a poco percibió pequeños puntos ciegos que latían al costado de su sien. Cuando pasó un rato, quizás por instinto, empezó a seguir el ritmo de esos latidos. De a momentos se espaciaban. Seguirlos lo ayudó a volver en sí.  Cuando abrió los ojos tenía muy cerca la cara de los mellizos que le ofrecían agua. Junto con la sangre de la nariz se le había escapado una buena meada.
Esa tarde en el living de Memé, la fuerza magnética del latido se activó de nuevo. La pulsación, que actúa como una lente avizora,  se enciende antes de que Francisco pueda avivarse de que algo está pasando. Como aquella vez en el partido de fútbol, el redoble de los latidos lo trajo de vuelta.   
Memé le estaba pasando a Marianne las fotos de cuando nació el nene.
_ Puta madre están las fotos de la clínica, se dijo Francisco.
En una Carla estaba en la cama. El bebé estaba a su lado. Tenía una batita blanca de la que salían unas piernitas curvas, esmirriadas. Los dos miraban a la cámara. Sobre la mesa de luz estaba la cartera marrón con manijas de carey que Clara había insistido en llevar a la clínica.
_ No puede ser tan hija de puta, pensó Francisco.
Marianne lo miró. Tal vez por mímesis con la mierda, la angustia es de alojarse al lado de los intestinos, donde el cuerpo rumia lo inacabado, lo defecto, la materia malsana. Esta vez la tensión era una bola de náusea concentrada  en la boca. Los músculos faciales, los labios, las venas de la garganta, las clavículas impulsadas en un ritmo de respiración apurada; todo parecía pender de las comisuras de los labios, que hacía abajo se tensionaban.
Memé no la miró. Creo que en ningún momento acertó a mirarla.
_ La frustración del divorcio tiene una ola expansiva amplia, le dijo una vez la psicóloga. También le dijo algo así como que cuando la cosa se pudre, transmutar en una nueva categoría, en la de ex suegra no es paso que se pueda dar con elegancia. Algo irreversible se juega en lo que esa mujer, ya vieja, ve. Como si estuviera delante de un cuadro del que quedó fuera, fuera del tiempo y de escala. Pero que a la vez la refleja y empaña.

5 -

Entró en el survival mode. Eso lo dijeron los médicos. El cortisol y la adrenalina se produjo una correlativa disminución de la producción de serotonina. Como si por el carril de al lado pasaran autos que ciegan, y además llueve, y encima se produce una discusión. 
Así parecía. Y todo en un cuerpito de dos kilos setecientos. Bastante bien se las arregló. Después, es probable que la  curva endógena mutó y se haya vuelto opiácea, y el chiquito habrá sentido un dulzor de mieles y flores bajo la pequeña lenguita. Es la fase de enfriamiento del motor. 
Entendámoslo, quedarse dormido al costado de la banquina resultaba tentador. Se dejó llevar por el zig zag del viaje, con los pies enfrentados y las rodillas abiertas hacia los costados. como un precoz yogui mundano. se le podía ver la piel colgando de los huesos translúcidos, de pez cartílago, pez pescado, de pez depredado.
Habrá querido tocar tonos verdes y violáceos que se le entreveraban por el iris. Ahí tuvo su tiempo de juego. Entonces fue que lo acunaron los marasmos del sueño, cuando murió. 
Ese día, por la tarde llegó una doctora con un delantal celeste. El delantal tenía dibujos de pequeños emoticones. Con ironía Francisco pensó que esa era una buena estrategia para sostener la situación. Desde que el bebé nació tan débilmente, él empezó a tener pensamientos irónicos.  
La médica era grandota y un emoticón enojado estaba bien centrado encima de la teta izquierda. Parecía un pequeño colonizador hincado sobre la aureola rosada del pezón.
La mujer se acercó con energía y antes de sentarse acomodó la canícula del suero que se había soltado de un conector. A Francisco le pareció ver que cuando levantó el brazo, en ese gesto rápido, uno de los emoticones de la manga torció la boca, estaba contento y después no.
La mujer le tendió la mano derecha y sonrió. 
_ Dra. Stein, se presentó.
Que raro, pensó Francisco, Stein, como Alejandro Stein un compañero del secundario.
La mujer dijo algo así como que hubo una falla, una grieta insalvable en la transmisión de amor.
Fueron muchas las opiniones que en aquel tiempo recibieron. 
De se volvió a acordar Francisco, recién unos años después, caminando una noche por Av. Libertador. 

Postal 1

Postal 1


por Laura Torres


Llegaste, 
te pusiste anteojos,  
dije,
contestaste que tu iris se estaba
cerrando.
Nos apretujaron algunos que venían
entrando.
J. pasó por entre nuestras miradas,
biseladas,
llevaba un tapado largo, 
nos dio un beso cargado de 
otros cumpleaños.
Te perdiste por entre
las ligustrinas que llevan al patio.   
Ordené unas copas, bajé la tapa del piano.
Un chico lloró, una voz de mujer lo consolaba, 
despacio.
Me pregunté por qué fue que nos enamoramos. Quiero decir, 
sobre qué impulso pretérito 
te dije
te amo.

31.12.2013

31_12_2013 

                                               Por Laura Torres

I

No es el calor que ciega los pastos
ni es el que riega de cubiertas
pasajes
de las barriadas.
Tampoco es el que inunda
las pupilas con una vigilia
que no cesa, no acaba.  

Tal vez sean sí 
las fútiles antinomias de los espadachines de 
cuarta, quizás quinta
sección conurbana; 
puestos a trazar algo más que 
un designio de la infancia.

Es que por entre los matorrales 
y el agua estanca 
desenvainan sus espadas plásticas
las palabras
bravas. 

A eso llamo dialéctica vacua. 

II

Un chirrido áureo se despliega 
como la ansiedad de
la distancia.
Es una mujer que se desalma? 
pregunta alguien con
la mirada. 
No.
No es humano. 
Eso escaparía a
las prácticas arancelarias.

Es la chicharra.
Su canto de fuerza
profética 
agota en lamentos la tarde
esmirriada.
   
III

Las aspas  giran por sobre la cama
de dos plazas. 
El halo que los baña se organiza 
en una circunferencia
que de a poco los sociega 
y  apaga. 
El espacio entre los cuerpos se dilata
como crece la brea 
por entre las juntas de la
ruta.

IV

Que es la Panamericana. 
La recorremos a mansalva. 
Nuestro self made rally de resurrección, 
en búsqueda de una playa 
que significa_algo_más
que no existe en el mapa.

Así y todo intuimos que 
el sonido del agua sacia. 

Cuando dé la hora, 
se esbozarán deseos, volátiles,
modestos, de formas ya probadas.
Que en su concepción,
sirven 
de riego 
al alma.