lunes, 17 de febrero de 2014

31.12.2013

31_12_2013 

                                               Por Laura Torres

I

No es el calor que ciega los pastos
ni es el que riega de cubiertas
pasajes
de las barriadas.
Tampoco es el que inunda
las pupilas con una vigilia
que no cesa, no acaba.  

Tal vez sean sí 
las fútiles antinomias de los espadachines de 
cuarta, quizás quinta
sección conurbana; 
puestos a trazar algo más que 
un designio de la infancia.

Es que por entre los matorrales 
y el agua estanca 
desenvainan sus espadas plásticas
las palabras
bravas. 

A eso llamo dialéctica vacua. 

II

Un chirrido áureo se despliega 
como la ansiedad de
la distancia.
Es una mujer que se desalma? 
pregunta alguien con
la mirada. 
No.
No es humano. 
Eso escaparía a
las prácticas arancelarias.

Es la chicharra.
Su canto de fuerza
profética 
agota en lamentos la tarde
esmirriada.
   
III

Las aspas  giran por sobre la cama
de dos plazas. 
El halo que los baña se organiza 
en una circunferencia
que de a poco los sociega 
y  apaga. 
El espacio entre los cuerpos se dilata
como crece la brea 
por entre las juntas de la
ruta.

IV

Que es la Panamericana. 
La recorremos a mansalva. 
Nuestro self made rally de resurrección, 
en búsqueda de una playa 
que significa_algo_más
que no existe en el mapa.

Así y todo intuimos que 
el sonido del agua sacia. 

Cuando dé la hora, 
se esbozarán deseos, volátiles,
modestos, de formas ya probadas.
Que en su concepción,
sirven 
de riego 
al alma.

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