Francisco
por Laura Torres
- 1 -
Entró a la farmacia
para comprar el antibiótico que le habían recetado a Memé.
A eso de las cinco
fue que lo había llamado Teresa. Dijo que no era nada que temer, pero que tenían que cuidarla por el
enfisema que tiene en el pulmón izquierdo.
Teresa se había instalado desde la dos de la tarde en la casa de
Laprida, no quería dejar de estar para cuando llegara el médico.
_ Dejá que yo en media hora me libero y les
alcanzo el remedio, le dijo antes de cortar.
Mucho no le quedaba
por hacer, pero a fuerza de hábito no quería dejar la oficina antes de las
cinco y media. Le quedaba un rato todavía para ocupar.
Pensó entonces que tenía
pendiente lo de la Cámara.
El Boletín mensual que seguro estaba sobre el
escritorio, entreverado con otros papeles, se lo recordaba sin necesidad de
verlo siquiera. Era una picazón molesta, como la que da la piel escoriada.
Decidió
entonces entrar a la cuenta
de Sol y desde ahí se puso a
escribir. Iba a pedir le suspendieran la inscripción. Ya avanzaba octubre, hacía calor. Francisco
sabía que lo mejor hubiera sido mandar el mail en septiembre que es cuando la Cámara
hace el cierre anual. Trató de concentrarse mirando fijo el teclado.
Tipeó un par de
minutos:
“Estimada Cámara de
Productores y Acopiadores de Granos
Nos dirigimos a Uds.
a fin de solicitar la suspensión de la matriculación.
Atentamente,”
Lo leyó y se dijo a
sí mismo que hasta a Sol le hubiera salido mejor.
Acomodó y desacomodó
las rodillas un par de veces, quizás como un rasgo de indecisión. Pensó unos
minutos, habrán sido cuatro o cinco,
hasta que agregó un renglón.
El agregado decía que los directores se
encontraban residiendo en el exterior desde hacía meses y que los servicios de la cámara no serían
aprovechados por la empresa.
En una segunda
lectura puso usufructuados en lugar de aprovechados. Lo releyó; “los servicios de la cámara no serían
usufructuados por la empresa”.
Una palabrita
leguleya siempre gana el respeto del lector, se dijo y sonrió.
Presentía que al
viejo carcamán que está en la administración de la Cámara ese tono le podía
llegar a gustar.
Pensó que si además
ponía el nombre del viejo, el pedido era un ganador. Pero no se acordaba el
nombre ni tenía ganas de buscarlo en los
boletines que tenía dando vueltas en los
cajones y las pilas de papeles que rodeaban el cuarto. Entonces leyó una vez
más el mail y lo mandó.
Después hojeó
algunos papeles que tenía a mano, leyó los obituarios del diario del lunes y
cuando estaba por apagar la computadora, vio que tenía un mail nuevo en la
casilla de Sol.
“Estimados Old
Honey,
De nuestra consideración,
Nos dirigimos a Uds.
a fin de informarles que vuestra solicitud de suspensión en la membresía ha
sido rechazada. Motiva esta decisión que
de acuerdo al punto 3.2. de los Estatutos, los servicios que ofrece esta institución
se encuentran a disposición de todos los miembros, con independencia de que
sean aprovechados o usufructuados por los mismos.
Le informamos
asimismo que el 10 del corriente venció la cuota anual.
Atentamente,
Lucio Mármol _
Consejo de Administración.”
De a poco fue hundiéndose
en el sillón. Se preguntaba
cómo había hecho el viejo, el Lucio Mármol, para responderle en tan poco
tiempo. Chequeó los mails. Habían pasado siete minutos entre su pedido a la
Cámara y la respuesta. Para colmo, Mármol había coronado la eficiencia con
citas del reglamento, murmurándole con sorna en cuestión de minutos, que lo
suyo ya estaba finiquitado, resuelto,
desde tiempo atrás.
Pero lo que más le
empezó a batir en la cabeza como un partido de ping pong era la idea de que Lucio Mármol, de alguna
manera, había entreleído su estrategia con la palabrita “usufructo”. Por eso el
viejo, se dijo, había traído a cuento, en un gesto inequívocamente burlón, la
palabreja “provecho”.
_ Sí eso, un gesto
inequívocamente burlón, se repitió a sí mismo y ese pensamiento le sonó bien.
Quizás hasta que lo envalentonó.
A todo esto ya eran
las cinco y media. Francisco miró el reloj que estaba al pie de la pantalla y
medio apurado salió.
Las primeras cuadras
fue dándole vueltas al asunto de la Cámara. No es casual. Se acordó de los
eneros en que Memé clausuraba la casa, sin entreabrir siquiera las ventanas del
frente. Le daba vacaciones a Mary y le decía, porque sabía que así la voz
corría en la cuadra, volvemos después del carnaval. Pasado el mes, un día las
celosías se abrían y las cortinas de lino se dejaban caer hacia afuera de las
ventanas para que se airearan. También para completar la farsa. Entonces Memé
salía a pasear por las calles angostas
del barrio, bronceada de achicharrarse en enero en la terraza.
_ Por entre las
dunas esteñas; contestaba impávida a las
amigas, al almacenero que le preguntaba por los días afuera.
Francisco entró por
fin al Farmacity. Se preguntó si Memé lo hacía mejor. O si era que le tenían
más conmiseración, más que la que tuvieron con él los de la Cámara.
Mientras estaba en
la cola para pagar se acordó de cuánto le gustaba espiarla mientras leía el diario, sentada en
el sillón de mimbre que está todavía en la galería de atrás. Se quedaba seco
mirando su perfil de color cobrizo y los pelos lacios dorados peinados hacia
atrás. Francisco no piensa en eso, pero seguramente Memé tendría puesta alguna
de sus soleras bahianas, que le marcaban
lánguidamente el cuerpo.
-
Junto
con los antibióticos, por quince pesos más te podés llevar dos postres
Danette de crema americana, le dijo la cajera antes de cobrarle.
_
Ojo con la cremme que puede estar rancia, dijo Francisco en voz bastante alta.
La cajera, que tenía el pelo castaño atado con una colita y las uñas pintadas
de rosa lo miró y le contestó algo así como, no entiendo de qué me habla.
- 2 -
-
Qué linda te queda esa camisa.
-
La tengo puesta desde hace tres días, contestó Francisco.
Tuvo que tocar el timbre, se había
olvidado las llaves. Todavía tenía en la cabeza lo de la Cámara.
_ Siempre fuiste bueno para las
bienvenidas, respondió Carla.
Francisco entró con ojos clavados en el
piso. De la mano izquierda le colgaba la bolsita de Farmacity.
Por mirar algo, le miró las sandalias.
Eran color verde musgo, medio opaco. Por
momentos parecían querer confundirse con el de las cerámicas calcáreas
del porche. Las trenzas de cuero que sujetaban el empeine, subían por el
tobillo en donde se anudaban como una enredadera espigada.
_ El que llega soy yo, de qué bienvenida me
hablás?, le dijo.
Mantenía la
mirada clavada en el pié de Carla, en el tobillo bronceado, el arco erguido y
pronunciado del metatarso y los huesos de los dedos que se dejaban ver largos,
con los nudillos marcados.
Las sandalias son nuevas, se dijo
Francisco. Sintió que el estómago se le deslizaba por entre las piernas, como
si con la comprobación una parte de su cuerpo se esfumara.
La pensó
obsesionada eligiendo las sandalias. Necesita estar segura para animarse a
mostrar los pies.
_ Mis
dedos de simio, le escuchó decir más de una noche. Se quejaba mientras los
ponía en agua fría, dentro del bidet.
La convivencia
no es sólo la desnudez de los cuerpos, le dijo la psicóloga hace unas semanas.
Todavía se
impresiona de recordarla. Dura con lo más frágil, como cuando ponía los pies
bajo la pata del piano para aplanar las falanges, los huesos anudados por el
ballet en punta que ejercita a diario.
Como un chico
que forcejea y esconde la boca para negarse al remedio que le van a forzar a
tomar, a veces la realidad lo gana. Es cierto que se las ingenia para vivir
bastante bien sobre suposiciones, recuerdos, las sonrisas de otros años. Es
verdad. Pero así y todo su dolor intuye las implicancias de ese escurrirse del
otro. Y como si no alcanzara, cada tanto algún elemento salta y le murmura que
el rito diario de compartir el sueño, de desposeerse de a dos en el descanso,
está terminado.
- 3 -
Supo al
instante que fue Memé la que la había llamado. Lo hace en cada recaída. Si
estuviéramos en una película, ella aparecería mirando un cuadro del pasado.
_ ¿ Fue por lo del chico, no?. Esas fueron
las primeras palabras de Memé cuando se enteró que se habían separado.
Estaban
sentados en la galería que da al patio, en las sillas de metal que trajeron de
“Los Cardos”. Memé, en verano, para remozarlas, le había puesto uno almohadones
floreados.
Al costado, en
una mesa redonda de no más de un metro de diámetro había varias revistas y los
anteojos que Memé se había sacado cuando lo vio llegar.
El ruido de la
calle que venía del frente de la casa, contrastaba con el silencio que salía
del patio. Como si en ese patio, hundido entre medianeras amarillentas y
balcones con cerramientos o alambrados, se estancara algún silencio anudado.
¿Qué pasa cuando se muere un niño? Aquella vez Francisco no pudo
preguntarse mucho, Los trámites en la clínica y después el sepelio, las
decisiones sobre el cuerpo, las preguntas de los que vinieron de Tandil, todo
contribuyó para mantenerlo alejado de lo que había pasado. Además todo el
tiempo había estado la preocupación sobre cómo reaccionaría Memé. Si bien Teresa
no se le despegó ni un instante, aquella vez Memé fijó sus ojos celestes en
Francisco, lo siguió con la mirada durante todo el entierro. Lo miró como nunca
lo había hecho antes.
¿Y qué pasa
cuando es el niño el que decide morir?. Esa
pregunta creo que nunca fue realizada.
_ Más que los hechos, es no poder
hablar sobre los hechos lo que a ustedes los terminó matando.
Eso también se
lo dijo Elena, la psicóloga.
- 4 -
Para ser sinceros tampoco es que viene todos estos años sin mojarla.
A
los tres años de separarse Francisco tomó envión y llevó una chica a lo de
Memé. La había conocido en un vuelo a Salta.
Marianne
se habría criado en Berlín junto con su mamá, una rosarina ya avejentada que nunca más volvió por estos pagos. Aquella
vez, en el avión escuchó con ilusión los decires camperos de ese hombre
delgado, seco como el verano, que hojeaba papeles de trabajo en la pequeña
butaca de avión a su lado. Tenía 26 años, y probablemente la sedujeron los
relatos de Francisco, con sus historias de negocios inhasibles como los nudos
de cardos que atravesaban las tierras áridas de las que él le hablaba. Pensó
que por fin iba a poder ser parte de esos lugares lejanos, melancólicos, que
mitad en castellano, mitad en alemán, su mamá le había narrado.
En
el segundo verano que pasaron juntos, Francisco no dejó de pensar que la
dicción europea de Marianne, que daba saltos elusivos ante las consonantes
silábicas, sosegaría a Memé.
Se
animó entonces a presentarla.
Al
principio todo anduvo bastante bien, se entretuvieron charlando de Munich, de
Berlín y de la época en que Memé vivió en Francia. Fue más o menos a las seis
de la tarde, después del té de naranja que Memé se excusó y salió para la
habitación del fondo. Al rato volvió y trajo una caja. Dijo algo así como “para
que conozcas a mi hijo te voy a mostrar unas instantáneas”. (A Memé le gusta
usar ese tipo de palabras).
En
ese momento, Francisco no pudo dejar de pensar en un partido de fútbol. Era
contra los del Santísimo Sacramento en el patio de atrás de la parroquia. Tendría
ocho años y en la mitad del primer tiempo metió un gol. Se acordaba muy bien de
ese día. Con ese gol su equipo sacaba dos de ventaja. Para el Santísimo jugaban
dos primos, los Herrera. Eran primos, como ya dije, pero les decían los
mellizos porque habían nacido el mismo año y porque nunca se separaban. Sus
mamás, dos hermanas, andaban también siempre juntas, los iban a buscar al
colegio, a hace los mandados. Los martes a la tarde los llevaban a inglés en un
falcon que se turnaban para manejar. Una manejaba, la otra cebaba mate y
hablaban.
Francisco,
esa tarde de fóbal, mientras jugaba, se fue dejando llevar por el engranaje de
códigos cómodos, naturales, malformados, en fin familiares, que los Herrera
manejaban.
Hasta
que en medio de una larga puteada, donde los pibes medían fuerzas agregando un
insulto al último que el otro pronunciaba, Francisco que corría medio colgado
de ese cable de tensión malhablada, se dio de jeta contra un poste que estaba
al costado de la cancha.
Primero
sintió un golpe y después se quedó a solas, como a oscuras. golpazo que se dio en la jeta se le
desconectó también la mirada. De a poco percibió pequeños puntos ciegos que
latían al costado de su sien. Cuando pasó un rato, quizás por instinto, empezó
a seguir el ritmo de esos latidos. De a momentos se espaciaban. Seguirlos lo
ayudó a volver en sí. Cuando abrió los
ojos tenía muy cerca la cara de los mellizos que le ofrecían agua. Junto con la
sangre de la nariz se le había escapado una buena meada.
Esa
tarde en el living de Memé, la fuerza magnética del latido se activó de nuevo.
La pulsación, que actúa como una lente avizora, se enciende antes de que Francisco pueda avivarse
de que algo está pasando. Como aquella vez en el partido de fútbol, el redoble
de los latidos lo trajo de vuelta.
Memé
le estaba pasando a Marianne las fotos de cuando nació el nene.
_
Puta madre están las fotos de la clínica, se dijo Francisco.
En
una Carla estaba en la cama. El bebé estaba a su lado. Tenía una batita blanca
de la que salían unas piernitas curvas, esmirriadas. Los dos miraban a la
cámara. Sobre la mesa de luz estaba la cartera marrón con manijas de carey que
Clara había insistido en llevar a la clínica.
_
No puede ser tan hija de puta, pensó Francisco.
Marianne
lo miró. Tal vez por mímesis con la mierda, la angustia es de alojarse al lado
de los intestinos, donde el cuerpo rumia lo inacabado, lo defecto, la materia
malsana. Esta vez la tensión era una bola de náusea concentrada en la boca. Los músculos faciales, los labios,
las venas de la garganta, las clavículas impulsadas en un ritmo de respiración
apurada; todo parecía pender de las comisuras de los labios, que hacía abajo se
tensionaban.
Memé
no la miró. Creo que en ningún momento acertó a mirarla.
_
La frustración del divorcio tiene una ola expansiva amplia, le dijo una vez la
psicóloga. También le dijo algo así como que cuando la cosa se pudre, transmutar
en una nueva categoría, en la de ex suegra no es paso que se pueda dar con
elegancia. Algo irreversible se juega en lo que esa mujer, ya vieja, ve. Como
si estuviera delante de un cuadro del que quedó fuera, fuera del tiempo y de
escala. Pero que a la vez la refleja y empaña.
- 5 -
Entró en el survival
mode. Eso lo dijeron los médicos. El cortisol
y la adrenalina se produjo una correlativa disminución de la producción de
serotonina. Como si por el carril de al lado pasaran autos que ciegan, y además llueve, y encima se produce una discusión.
Así parecía. Y todo en un cuerpito de dos
kilos setecientos. Bastante bien se las arregló. Después, es probable que la curva endógena mutó y se haya vuelto opiácea, y el chiquito habrá sentido un dulzor de mieles y flores bajo la pequeña lenguita. Es la fase de enfriamiento del motor.
Entendámoslo, quedarse dormido al costado de la banquina resultaba tentador. Se dejó llevar por el zig zag del viaje, con los pies enfrentados y las rodillas abiertas hacia los costados. como un precoz yogui mundano. se le podía ver la piel colgando de los huesos translúcidos, de pez cartílago, pez pescado, de pez depredado.
Entendámoslo, quedarse dormido al costado de la banquina resultaba tentador. Se dejó llevar por el zig zag del viaje, con los pies enfrentados y las rodillas abiertas hacia los costados. como un precoz yogui mundano. se le podía ver la piel colgando de los huesos translúcidos, de pez cartílago, pez pescado, de pez depredado.
Habrá querido tocar tonos
verdes y violáceos que se le entreveraban por el iris. Ahí tuvo su tiempo de juego. Entonces fue que lo acunaron los marasmos del sueño, cuando murió.
Ese día, por la tarde llegó una doctora con un delantal celeste. El delantal tenía dibujos de pequeños emoticones. Con ironía Francisco pensó que esa era una buena estrategia para sostener la situación. Desde que el bebé nació tan débilmente, él empezó a tener pensamientos irónicos.
La médica era grandota y un emoticón enojado estaba bien centrado encima de la teta izquierda. Parecía un pequeño colonizador hincado sobre la aureola rosada del pezón.
Ese día, por la tarde llegó una doctora con un delantal celeste. El delantal tenía dibujos de pequeños emoticones. Con ironía Francisco pensó que esa era una buena estrategia para sostener la situación. Desde que el bebé nació tan débilmente, él empezó a tener pensamientos irónicos.
La médica era grandota y un emoticón enojado estaba bien centrado encima de la teta izquierda. Parecía un pequeño colonizador hincado sobre la aureola rosada del pezón.
La mujer se acercó con
energía y antes de sentarse acomodó la canícula del suero que se había soltado
de un conector. A Francisco le pareció ver que cuando levantó el brazo, en ese gesto rápido, uno de los emoticones de la manga torció la boca, estaba contento
y después no.
La mujer le tendió
la mano derecha y sonrió.
_ Dra. Stein, se presentó.
Que raro, pensó
Francisco, Stein, como Alejandro Stein un compañero del secundario.
La mujer dijo algo
así como que hubo una falla, una grieta insalvable en la transmisión de amor.
Fueron muchas las
opiniones que en aquel tiempo recibieron. De se volvió a acordar Francisco, recién unos años después, caminando una noche por Av. Libertador.
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