lunes, 17 de febrero de 2014

Un cuento, el nombre es casual.

Francisco

por Laura Torres


1 -

Entró a la farmacia para comprar el antibiótico que le habían recetado a Memé.
A eso de las cinco fue que lo había llamado Teresa. Dijo que no era nada que  temer, pero que tenían que cuidarla por el enfisema que tiene en el pulmón izquierdo.  Teresa se había instalado desde la dos de la tarde en la casa de Laprida, no quería dejar de estar para cuando llegara el médico.
_ Dejá que yo en media hora me libero y les alcanzo el remedio, le dijo antes de cortar.
Mucho no le quedaba por hacer, pero a fuerza de hábito no quería dejar la oficina antes de las cinco y media. Le quedaba un rato todavía para ocupar. 
Pensó entonces que tenía pendiente lo de la Cámara. 
El Boletín mensual que seguro estaba sobre el escritorio, entreverado con otros papeles, se lo recordaba sin necesidad de verlo siquiera. Era una picazón molesta, como la que da la piel escoriada.
Decidió entonces  entrar  a la cuenta  de Sol  y desde ahí se puso a escribir. Iba a pedir le suspendieran la inscripción.  Ya avanzaba octubre, hacía calor. Francisco sabía que lo mejor hubiera sido mandar el mail en septiembre que es cuando la Cámara hace el cierre anual. Trató de concentrarse mirando fijo el teclado.
Tipeó un par de minutos: 

“Estimada Cámara de Productores y Acopiadores de Granos
Nos dirigimos a Uds. a fin de solicitar la suspensión de la matriculación.
Atentamente,”

Lo leyó y se dijo a sí mismo que hasta a Sol le hubiera salido mejor.
Acomodó y desacomodó las rodillas un par de veces, quizás como un rasgo de indecisión. Pensó unos minutos, habrán sido cuatro o cinco,  hasta que agregó un renglón. 
El agregado decía que los directores se encontraban residiendo en el exterior desde hacía meses  y que los servicios de la cámara no serían aprovechados por la empresa.
En una segunda lectura puso usufructuados en lugar de aprovechados. Lo releyó;  “los servicios de la cámara no serían usufructuados por la empresa”.
Una palabrita leguleya siempre gana el respeto del lector, se dijo y sonrió. 
Presentía que al viejo carcamán que está en la administración de la Cámara ese tono le podía llegar  a gustar.
Pensó que si además ponía el nombre del viejo, el pedido era un ganador. Pero no se acordaba el nombre ni tenía ganas de buscarlo en  los boletines que tenía dando vueltas en los cajones y las pilas de papeles que rodeaban el cuarto. Entonces leyó una vez más el mail y lo mandó.
Después hojeó algunos papeles que tenía a mano, leyó los obituarios del diario del lunes y cuando estaba por apagar la computadora, vio que tenía un mail nuevo en la casilla de Sol.

“Estimados Old Honey,
De nuestra consideración,
Nos dirigimos a Uds. a fin de informarles que vuestra solicitud de suspensión en la membresía ha sido rechazada.  Motiva esta decisión que de acuerdo al punto 3.2. de los Estatutos, los servicios que ofrece esta institución se encuentran a disposición de todos los miembros, con independencia de que sean aprovechados o usufructuados por los mismos. 
Le informamos asimismo que el 10 del corriente venció la cuota anual.
Atentamente,
Lucio Mármol _ Consejo de Administración.”

De a poco fue hundiéndose en el sillón. Se preguntaba  cómo había hecho el viejo, el Lucio Mármol, para responderle en tan poco tiempo. Chequeó los mails. Habían pasado siete minutos entre su pedido a la Cámara y la respuesta. Para colmo, Mármol había coronado la eficiencia con citas del reglamento, murmurándole con sorna en cuestión de minutos, que lo suyo  ya estaba finiquitado, resuelto, desde tiempo atrás.
Pero lo que más le empezó a batir en la cabeza como un partido de ping pong  era la idea de que Lucio Mármol, de alguna manera, había entreleído su estrategia con la palabrita “usufructo”. Por eso el viejo, se dijo, había traído a cuento, en un gesto inequívocamente burlón, la palabreja “provecho”.
_ Sí eso, un gesto inequívocamente burlón, se repitió a sí mismo y ese pensamiento le sonó bien. Quizás hasta que lo envalentonó. 
A todo esto ya eran las cinco y media. Francisco miró el reloj que estaba al pie de la pantalla y medio apurado salió.
Las primeras cuadras fue dándole vueltas al asunto de la Cámara. No es casual. Se acordó de los eneros en que Memé clausuraba la casa, sin entreabrir siquiera las ventanas del frente. Le daba vacaciones a Mary y le decía, porque sabía que así la voz corría en la cuadra, volvemos después del carnaval. Pasado el mes, un día las celosías se abrían y las cortinas de lino se dejaban caer hacia afuera de las ventanas para que se airearan. También para completar la farsa. Entonces Memé salía  a pasear por las calles angostas del barrio, bronceada de achicharrarse en enero en la terraza.
_ Por entre las dunas esteñas;  contestaba impávida a las amigas, al almacenero que le preguntaba por los días afuera.
Francisco entró por fin al Farmacity. Se preguntó si Memé lo hacía mejor. O si era que le tenían más conmiseración, más que la que tuvieron con él los de la Cámara.
Mientras estaba en la cola para pagar se acordó de cuánto le gustaba  espiarla mientras leía el diario, sentada en el sillón de mimbre que está todavía en la galería de atrás. Se quedaba seco mirando su perfil de color cobrizo y los pelos lacios dorados peinados hacia atrás. Francisco no piensa en eso, pero seguramente Memé tendría puesta alguna de sus soleras bahianas, que le marcaban  lánguidamente  el cuerpo.
-          Junto con los antibióticos, por quince pesos más te podés llevar dos  postres  Danette de crema americana, le dijo la cajera antes de cobrarle.
_ Ojo con la cremme que puede estar rancia, dijo Francisco en voz bastante alta. La cajera, que tenía el pelo castaño atado con una colita y las uñas pintadas de rosa lo miró y le contestó algo así como, no entiendo de qué me habla.

2 -

  -    Qué linda te queda esa camisa.
-       La tengo puesta desde hace tres días, contestó Francisco.
Tuvo que tocar el timbre, se había olvidado las llaves. Todavía tenía en la cabeza lo de la Cámara.
_ Siempre fuiste bueno para las bienvenidas, respondió Carla.
Francisco entró con ojos clavados en el piso. De la mano izquierda le colgaba la bolsita de Farmacity.

Por mirar algo, le miró las sandalias. Eran  color verde musgo, medio opaco. Por momentos  parecían querer confundirse con el de las cerámicas calcáreas del porche. Las trenzas de cuero que sujetaban el empeine, subían por el tobillo en donde se anudaban como una enredadera espigada.
 _ El que llega soy yo, de qué bienvenida me hablás?, le dijo.
Mantenía la mirada clavada en el pié de Carla, en el tobillo bronceado, el arco erguido y pronunciado del metatarso y los huesos de los dedos que se dejaban ver largos, con los nudillos marcados.  
Las sandalias son nuevas, se dijo Francisco. Sintió que el estómago se le deslizaba por entre las piernas, como si con la comprobación una parte de su cuerpo se esfumara.
La pensó obsesionada eligiendo las sandalias. Necesita estar segura para animarse a mostrar los pies.
_  Mis dedos de simio, le escuchó decir más de una noche. Se quejaba mientras los ponía en agua fría, dentro del bidet.
La convivencia no es sólo la desnudez de los cuerpos, le dijo la psicóloga hace unas semanas.
Todavía se impresiona de recordarla. Dura con lo más frágil, como cuando ponía los pies bajo la pata del piano para aplanar las falanges, los huesos anudados por el ballet en punta que ejercita a diario.             
Como un chico que forcejea y esconde la boca para negarse al remedio que le van a forzar a tomar, a veces la realidad lo gana. Es cierto que se las ingenia para vivir bastante bien sobre suposiciones, recuerdos, las sonrisas de otros años. Es verdad. Pero así y todo su dolor intuye las implicancias de ese escurrirse del otro. Y como si no alcanzara, cada tanto algún elemento salta y le murmura que el rito diario de compartir el sueño, de desposeerse de a dos en el descanso, está terminado.

3 -

Supo al instante que fue Memé la que la había llamado. Lo hace en cada recaída. Si estuviéramos en una película, ella aparecería mirando un cuadro del pasado.
_ ¿ Fue por lo del chico, no?. Esas fueron las primeras palabras de Memé cuando se enteró que se habían separado.
Estaban sentados en la galería que da al patio, en las sillas de metal que trajeron de “Los Cardos”. Memé, en verano, para remozarlas, le había puesto uno almohadones floreados.
Al costado, en una mesa redonda de no más de un metro de diámetro había varias revistas y los anteojos que Memé se había sacado cuando lo vio llegar.
El ruido de la calle que venía del frente de la casa, contrastaba con el silencio que salía del patio. Como si en ese patio, hundido entre medianeras amarillentas y balcones con cerramientos o alambrados, se estancara algún silencio anudado.
¿Qué pasa cuando se muere un niño? Aquella vez Francisco no pudo preguntarse mucho, Los trámites en la clínica y después el sepelio, las decisiones sobre el cuerpo, las preguntas de los que vinieron de Tandil, todo contribuyó para mantenerlo alejado de lo que había pasado. Además todo el tiempo había estado la preocupación sobre cómo reaccionaría Memé. Si bien Teresa no se le despegó ni un instante, aquella vez Memé fijó sus ojos celestes en Francisco, lo siguió con la mirada durante todo el entierro. Lo miró como nunca lo había hecho antes.
¿Y qué pasa cuando es el niño el que decide morir?.  Esa pregunta creo que nunca fue realizada.
  _  Más que los hechos, es no poder hablar sobre los hechos lo que a ustedes los terminó matando.
Eso también se lo dijo Elena, la psicóloga.

- 4 -

Para ser sinceros tampoco es que viene todos estos años sin mojarla.
A los tres años de separarse Francisco tomó envión y llevó una chica a lo de Memé. La había conocido en un vuelo a Salta.
Marianne se habría criado en Berlín junto con su mamá, una rosarina ya avejentada  que nunca más volvió por estos pagos. Aquella vez, en el avión escuchó con ilusión los decires camperos de ese hombre delgado, seco como el verano, que hojeaba papeles de trabajo en la pequeña butaca de avión a su lado. Tenía 26 años, y probablemente la sedujeron los relatos de Francisco, con sus historias de negocios inhasibles como los nudos de cardos que atravesaban las tierras áridas de las que él le hablaba. Pensó que por fin iba a poder ser parte de esos lugares lejanos, melancólicos, que mitad en castellano, mitad en alemán, su mamá le había narrado.
En el segundo verano que pasaron juntos, Francisco no dejó de pensar que la dicción europea de Marianne, que daba saltos elusivos ante las consonantes silábicas, sosegaría a Memé.
Se animó entonces a presentarla.
Al principio todo anduvo bastante bien, se entretuvieron charlando de Munich, de Berlín y de la época en que Memé vivió en Francia. Fue más o menos a las seis de la tarde, después del té de naranja que Memé se excusó y salió para la habitación del fondo. Al rato volvió y trajo una caja. Dijo algo así como “para que conozcas a mi hijo te voy a mostrar unas instantáneas”. (A Memé le gusta usar ese tipo de palabras).
En ese momento, Francisco no pudo dejar de pensar en un partido de fútbol. Era contra los del Santísimo Sacramento en el patio de atrás de la parroquia. Tendría ocho años y en la mitad del primer tiempo metió un gol. Se acordaba muy bien de ese día. Con ese gol su equipo sacaba dos de ventaja. Para el Santísimo jugaban dos primos, los Herrera. Eran primos, como ya dije, pero les decían los mellizos porque habían nacido el mismo año y porque nunca se separaban. Sus mamás, dos hermanas, andaban también siempre juntas, los iban a buscar al colegio, a hace los mandados. Los martes a la tarde los llevaban a inglés en un falcon que se turnaban para manejar. Una manejaba, la otra cebaba mate y hablaban.
Francisco, esa tarde de fóbal, mientras jugaba, se fue dejando llevar por el engranaje de códigos cómodos, naturales, malformados, en fin familiares, que los Herrera manejaban.  
Hasta que en medio de una larga puteada, donde los pibes medían fuerzas agregando un insulto al último que el otro pronunciaba, Francisco que corría medio colgado de ese cable de tensión malhablada, se dio de jeta contra un poste que estaba al costado de la cancha.
Primero sintió un golpe y después se quedó a solas, como a oscuras.  golpazo que se dio en la jeta se le desconectó también la mirada. De a poco percibió pequeños puntos ciegos que latían al costado de su sien. Cuando pasó un rato, quizás por instinto, empezó a seguir el ritmo de esos latidos. De a momentos se espaciaban. Seguirlos lo ayudó a volver en sí.  Cuando abrió los ojos tenía muy cerca la cara de los mellizos que le ofrecían agua. Junto con la sangre de la nariz se le había escapado una buena meada.
Esa tarde en el living de Memé, la fuerza magnética del latido se activó de nuevo. La pulsación, que actúa como una lente avizora,  se enciende antes de que Francisco pueda avivarse de que algo está pasando. Como aquella vez en el partido de fútbol, el redoble de los latidos lo trajo de vuelta.   
Memé le estaba pasando a Marianne las fotos de cuando nació el nene.
_ Puta madre están las fotos de la clínica, se dijo Francisco.
En una Carla estaba en la cama. El bebé estaba a su lado. Tenía una batita blanca de la que salían unas piernitas curvas, esmirriadas. Los dos miraban a la cámara. Sobre la mesa de luz estaba la cartera marrón con manijas de carey que Clara había insistido en llevar a la clínica.
_ No puede ser tan hija de puta, pensó Francisco.
Marianne lo miró. Tal vez por mímesis con la mierda, la angustia es de alojarse al lado de los intestinos, donde el cuerpo rumia lo inacabado, lo defecto, la materia malsana. Esta vez la tensión era una bola de náusea concentrada  en la boca. Los músculos faciales, los labios, las venas de la garganta, las clavículas impulsadas en un ritmo de respiración apurada; todo parecía pender de las comisuras de los labios, que hacía abajo se tensionaban.
Memé no la miró. Creo que en ningún momento acertó a mirarla.
_ La frustración del divorcio tiene una ola expansiva amplia, le dijo una vez la psicóloga. También le dijo algo así como que cuando la cosa se pudre, transmutar en una nueva categoría, en la de ex suegra no es paso que se pueda dar con elegancia. Algo irreversible se juega en lo que esa mujer, ya vieja, ve. Como si estuviera delante de un cuadro del que quedó fuera, fuera del tiempo y de escala. Pero que a la vez la refleja y empaña.

5 -

Entró en el survival mode. Eso lo dijeron los médicos. El cortisol y la adrenalina se produjo una correlativa disminución de la producción de serotonina. Como si por el carril de al lado pasaran autos que ciegan, y además llueve, y encima se produce una discusión. 
Así parecía. Y todo en un cuerpito de dos kilos setecientos. Bastante bien se las arregló. Después, es probable que la  curva endógena mutó y se haya vuelto opiácea, y el chiquito habrá sentido un dulzor de mieles y flores bajo la pequeña lenguita. Es la fase de enfriamiento del motor. 
Entendámoslo, quedarse dormido al costado de la banquina resultaba tentador. Se dejó llevar por el zig zag del viaje, con los pies enfrentados y las rodillas abiertas hacia los costados. como un precoz yogui mundano. se le podía ver la piel colgando de los huesos translúcidos, de pez cartílago, pez pescado, de pez depredado.
Habrá querido tocar tonos verdes y violáceos que se le entreveraban por el iris. Ahí tuvo su tiempo de juego. Entonces fue que lo acunaron los marasmos del sueño, cuando murió. 
Ese día, por la tarde llegó una doctora con un delantal celeste. El delantal tenía dibujos de pequeños emoticones. Con ironía Francisco pensó que esa era una buena estrategia para sostener la situación. Desde que el bebé nació tan débilmente, él empezó a tener pensamientos irónicos.  
La médica era grandota y un emoticón enojado estaba bien centrado encima de la teta izquierda. Parecía un pequeño colonizador hincado sobre la aureola rosada del pezón.
La mujer se acercó con energía y antes de sentarse acomodó la canícula del suero que se había soltado de un conector. A Francisco le pareció ver que cuando levantó el brazo, en ese gesto rápido, uno de los emoticones de la manga torció la boca, estaba contento y después no.
La mujer le tendió la mano derecha y sonrió. 
_ Dra. Stein, se presentó.
Que raro, pensó Francisco, Stein, como Alejandro Stein un compañero del secundario.
La mujer dijo algo así como que hubo una falla, una grieta insalvable en la transmisión de amor.
Fueron muchas las opiniones que en aquel tiempo recibieron. 
De se volvió a acordar Francisco, recién unos años después, caminando una noche por Av. Libertador. 

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