jueves, 20 de febrero de 2014

Gladys. Torbellino inicial. Capítulos UNO y DOS.

Gladys 

          TORBELLINO INICIAL - Capítulos UNO y DOS 

por Laura Torres 

UNO

Ese día abrió más temprano. Venía Finestra, el comisario de la 23. La que queda en Newbery y Estomba, ahí donde Newbery se hace larga y envuelve, en un abrazo grisáceo, el paredón del cementerio.
- Gladys tengo un caso especial. Cuándo me podés atender? , le dijo sin saludar apenas Gladys atendió el teléfono. Fue el martes a la noche. 
- Finestra como te va, el viernes puedo verte temprano, a las ocho. ¿es muy complicado? ¿hombre o mujer?, le contestó. Da la sensación que últimamente trata de sondearlo un poco para saber qué se trae entre manos. Más desde la vez que le pidió ir a la comisaria para arreglarle el pelo a un Sub Oficial. Lo habían acribillado hacía dos horas.
Aquella vez, cuando Gladys llegó a la comisaria todavía no le habían avisado a la familia. Antes de tomar coraje y llamar a la vieja, Finestra quería asegurarse que lo podían dejar un poco más presentable.
- Gracias por apersonarte a esta hora, le dijo apenas la vio bajar del patrullero con que mandó a buscarla. Gladys llevaba una valija marrón, como la que llevan los  magos que animan cumpleaños.  
La hicieron pasar por una puerta del costado y en un catre que usa Finestra para dormir la siesta, ahí nomás en su despacho, habían acostado al finado.
Un pibe que apenas rozaba los treinta, flaquito, morocho, de pelo enrulado. De solo verlo daban ganas de llorar. Los de forense ya habían limpiado los pedazos de seso y sangre que le habían quedado pegoteados en la cara. Una venda le cubría el hueco que la bala había dejado en la cabeza.
Gladys se sacó el sobretodo beige con que se había arropado, apurada, al salir de su casa y se puso a trabajar. Le cambió la venda por una mezcla de gasas y siliconas. Las mismas que usa para darle volumen a las uñas de los pies. Con esa masilla selló el agujero que el pibe traía el marote. Su cabeza, era una triste luna menguante que ya no reflejaba. 
Sobre la mezcla, Gladys le entreveró negros bien oscuros que tenía, muy parecidos a los del muchacho. Después le lavó la cabeza con cuidado, y para que no se notara que había parte de rulos y parte lacio se lo engominó todo para un costado.
Terminó cuando una luz naranja se colaba por la persiana. Ya madrugaba.  
- Te pasaste hoy Gladys, se lo escuchó decir a Finestra lagrimeando. Mientras Gladys trabajaba se había quedado todo el tiempo sentado del otro lado del escitorio, mirando el piso. Se lo veía cansado, se le marcaban más las tres líneas que le atraviesan la frente y las patas de gallo que le encadenan los ojos. Cada tanto, se pasaba una mano por los bigotes canosos. 
- Hice lo que pude, contestó ella. 
_ Venite en la semana que te ayudo un poco con esa facha. Entró una nueva crema de pepinos, te van a aflojar un poco las ojeras y las líneas que tenés ahí, agregó. Y con la mano le tocó la frente. 
- Son muchos años de gorra, contestó Finestra. Con esta cara, no me queda otra que seguir como cana.
- Chau Finestra, pasate en unos días, insistió Gladys y encaró para la puerta. 
- Te llevan en un móvil, dijo rápido
Pero prefirió caminar unas cuadras. Volvió con el maletín y arrastrando las nike blancas -regalo de un sobrino- que alcanzó a manotear cuando sonó el teléfono a las dos de la mañana. Apenas recorrió unas cuadras, sintió que el vaho a muerto iba quedando anudado en las cornisas, en las calles, en las cunetas de la ciudad que a tras luz, ya con el sol picando, atravesaba. 

DOS 

Habrán pasado unas tres semanas. Finestra volvió a llamar. 
- Hombre o mujer? Le volvió a preguntar porque del otro lado Fino -como le dice ella a veces- se había quedado callado. 
- Femenino, le contestó y se escuchó que la línea se cortaba.
Sin más datos, el viernes bien temprano Gladys fue a la peluquería, a esperarlo.  
A las ocho golpeó el vidrio. Venía de civil. La desconcertó. No supo cómo tratarlo, se había familiarizado a su uniforme. La chaqueta ponía una distancia entre ellos que le permitía estar más relajado. A veces, las instituciones, confieren un equilibrio precario.  
Por eso, cuando lo vio tardó unos segundos en reaccionar y Fino un poco nervioso, la apuró con una levantada de cejas mientras avanzaba hacía la puerta.  
A medida que se acercaba, Gladys vio a la piba. 
Podemos decir eso,  la Piba porque al lado del Fino, lo era. Era una piba. 
Gladys la pispeó de cerca. Ella, que tiene la mirada entrenada en descubrir el temor imperceptible que esconde una cara. Ese que es como una mariposa que aletear por debajo de una pestaña torneada. La chica llevaba un flequillo corto y el pelo tirante en una colita. Petisa, flaquita. No parecía muy atractiva pero tampoco fea. Más bien que era una de esas mujeres que cuesta recordarlas. La había resumido bien Fino en su llamada, un femenino. A secas.
-  - Problemas con un femenino cana, veremos, se dijo Gladys sonriendo. Los dejó pasar. 
  La piba avanzó con pasos cortos, mirando para abajo. Llevaba una mochila azul, un pullover de hilo también azul y pantalones.  "Que cosa estos milicos, si hasta para coger se deben poner un trajecito azul", pensó mientras le devolvía a Fino la cabeceada que le había dado, como saludo.
- Como anda todo Gladys?, me dijo. 
- Bien Fino, gracias. 
Y ahí Fino se largó a hablar. Como una gallina clueca, tomaba un tema, discurría y sin terminarlo pasaba a otro. Se preguntaba y se contestaba a la vez, hacía hipótesis. Farfullaba.  
Empezó con el tema del tiempo y la importancia de podar los árboles ni bien comienza el otoño. Luego le preguntó por el negocio, pero sin esperar respuestas aventuró un par de ideas sobre la economía del país y el control de precios. En un momento, como recordando que yo estaba  ahí, le dijo,
- "Decime Gladys, a vos el control de recios te afecta?". 
A esa altura Gladys apenas lo escuchaba. Lo miraba tratando de entender qué le pasaba . Era claro que estaba nervioso, nunca lo había visto comportarse así, como una gallina clueca.
Pero lo que más intrigaba me daba era saber qué se traía Fino con la pendeja.
Por la piba, no había que ser una luz para darse cuenta que estaba cagada en las patas. 
- Y esta señorita cómo se llama? le preguntó cortando la verborragia. Necesitaba ir al grano.  
Mi pregunta lo dejó seco. Se puso serio y en la cara se le volvieron a plantar las ojeras de siempre. Acomodó el cuello de  su camisa y carraspeó. 
-Rosalía, la señorita se llama Rosalía. 
Raro nombre para una chica pensó, mientras saludaba a la piba. 
Ahi nomás, habrá sido por verse en el medio de la cuestión, la chica empezó a lagrimear. Primero fueron unas pequeñas gotas que le corrieron por las mejillas, que luego se convirtieron en dos zurcos que le bañaba un lado y el otro de la cara. Con los puños del sweater de hilo, se enjuagaba las lágrimas. Sin éxito, aspiraba la nariz para no moquear. 
Gladys atinó a pasarle un brazo por arriba de los hombros y fue peor. Parecía difícil pensar que alguien podía llorar más que eso, pero fue tocarla y el llanto se duplicó, que digo, se cuadruplicó. Por un raro efecto  del caudal de lágrimas, ya no se se le veía la cara. Era toda agua. Como si el llanto pudiera subir hasta cubrir las cejas, la frente, todo.
Quedaron paralizados los dos mirándola, hasta que Gladys lo cazó a Fino de un brazo y lo llevó para el fondo de la peluquería.  
- Fino, qué es toda esta historia?, le lanzó apenas se pararon al lado de la pileta de lavados.
- Vamos soltá prenda que así no te puedo ayudar. En que andás metido con esta piba? Tuvo que volver a insistirle. A esa altura era claro que el Fino era parte del problema y algo se traía con la piba. 
- Rosalía está esperando un pibe Gladys, se enteró hace diez días.
- Ah, y el hijo de puta que la embarazó no quiere hacerse cargo?, preguntó Gladys ya de manera medio atropellada, porque estaba un poco ansiosa con tanta vuelta.
- No, no. Yo lo quiero tener. Ella se lo quiere sacar.
Lo escuchó y tuvo que acomodar en su cabeza las palabras. Fue como si Fino de repente le estuviera hablando en otro idioma, en chino mandarín o no sé, en guaraní. No podía creer lo que escuchaba, tenía que haber un error. Finestra iba ser papá?, El mismo Fino que no tuvo empacho en desfigurar a dos pibes una noche, porque ya los habían agarrado otras veces choreando? El que duerme en una pensión a la vuelta de la comisaria, porque dice que cuando termina el día no puede cuidarse ni a sí mismo? 
¿Fino defendiendo su paternidad?
Mientras trataba de calibrar la situación, lo escuchó que le dice:
- Me gusta la idea de tener un pibe, a mi edad te podrás imaginar. 
- Te felicito, Finestra. Y fue decírselo y pegarle un abrazo que otra que campeones del mundo. Lo abrazó por él, por el pibito por nacer, por los hijos que le hubiera gustado tener, por los chicos de la escuela 13 que ve pasar todos los días. Lo abrazó por todos los pibes del mundo. Con esa cosa que tienen las mujeres que les vibra la concha cuando piensan en bebés o cuando ven venir a otra con uno de la mano. 
- Te felicito, te felicito, repitió varias veces. 
Medio lagrimeando creo, de a poco se fueron soltando. 
- Y Rosalía quién es?
- Es de Policía Científica, vino a nuestra comisaria a dictar un curso de  Análisis Criminal. 
- Ya se que es cana Fino, se huele desde la esquina. Lo que te pregunto es cuál es su historia, cómo cayeron juntos, le dijo.
- Es buena mina, le contestó. Un poco piantada nomás, como toda mina. Hace un tiempo que nos andamos viendo, al principio medio afilando nomás, pero yo, creo que me fui enganchando.
- Y ella te quiere?, le preguntó.
- Que se yo, a veces me parece que sí. 
- Pero no quiere tener al bebé. Que quilombo la verdad, le dijo, sin saber qué hacer. 
- Por eso la traje. Está así desde que se dio cuenta que estaba embarazada. No se le puede hablar, se pone a llorar ya cuando me ve entrar. Casi no come de los nervios.  Tengo miedo que les haga mal.
Le partió el alma ver a Fino hacerse cargo de su pedacito de familia, de ese amor medio amontonado que tenía con la piba y de la sombra de vida que ella llevaba  en la panza. 
- Yo de psicología no sé nada Gladys, yo soy comisario, siguió hablando.
- Bueno, dejame que voy a intentar, le dijo. Vos quedate acá, a ver qué pasa.
 No sabía ni cómo arrancar porque a la piba no la conocía y se la veía muy angustiada. Tenía miedo que cualquier cosa que dijera empeorara la situación. 
Fino quedó sentado en uno de los sillones para lavar el pelo. Cuando Gladys encaró para la mina se di cuenta que hacía un rato que ya no se la escuchaba. Fue tanta la emoción con Finestra que se habían olvidado que a unos metros nomás había quedado Rosalía. 
Al principio no la vio. "Sonamos", pensó. 


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