Gladys
TORBELLINO INICIAL - Capítulos UNO y DOS
por Laura Torres
UNO
TORBELLINO INICIAL - Capítulos UNO y DOS
por Laura Torres
Ese día abrió más
temprano. Venía Finestra, el comisario de la 23. La que queda en Newbery y Estomba,
ahí donde Newbery se hace larga y envuelve, en un abrazo grisáceo, el paredón del cementerio.
- Gladys tengo un
caso especial. Cuándo me podés atender? , le dijo sin saludar apenas Gladys atendió el
teléfono. Fue el martes a la noche.
- Finestra como te
va, el viernes puedo verte temprano, a las ocho. ¿es muy complicado? ¿hombre o
mujer?, le contestó. Da la sensación que últimamente trata de sondearlo un poco para saber qué se trae entre
manos. Más desde la vez que le pidió ir a la comisaria para
arreglarle el pelo a un Sub Oficial. Lo habían acribillado hacía dos horas.
Aquella vez, cuando Gladys llegó a la comisaria todavía no le habían avisado a la familia. Antes de tomar coraje y llamar a la vieja, Finestra
quería asegurarse que lo podían dejar un poco más presentable.
- Gracias por
apersonarte a esta hora, le dijo apenas la vio bajar del patrullero con que
mandó a buscarla. Gladys llevaba una valija marrón, como la que llevan los magos que animan cumpleaños.
La hicieron pasar por una puerta del costado y en un catre que usa Finestra para
dormir la siesta, ahí nomás en su despacho, habían acostado al finado.
Un pibe que apenas
rozaba los treinta, flaquito, morocho, de pelo enrulado. De solo verlo daban ganas
de llorar. Los de forense ya habían limpiado los pedazos de seso y sangre que
le habían quedado pegoteados en la cara. Una venda le cubría el hueco que la
bala había dejado en la cabeza.
Gladys se sacó el sobretodo beige con que se había arropado, apurada, al salir de su casa y se puso a trabajar. Le cambió la venda por una mezcla de gasas y siliconas. Las mismas que usa para
darle volumen a las uñas de los pies. Con esa masilla selló el agujero
que el pibe traía el marote. Su cabeza, era una triste luna menguante que ya no reflejaba.
Sobre la mezcla, Gladys le entreveró negros bien oscuros que tenía, muy parecidos a los del muchacho. Después le lavó la cabeza con cuidado, y para que no se notara que había parte de rulos y parte lacio se lo engominó todo para un costado.
Sobre la mezcla, Gladys le entreveró negros bien oscuros que tenía, muy parecidos a los del muchacho. Después le lavó la cabeza con cuidado, y para que no se notara que había parte de rulos y parte lacio se lo engominó todo para un costado.
Terminó cuando una luz naranja se colaba por la persiana. Ya madrugaba.
- Te pasaste hoy
Gladys, se lo escuchó decir a Finestra lagrimeando. Mientras Gladys trabajaba se había quedado todo el
tiempo sentado del otro lado del escitorio, mirando el piso. Se lo veía cansado,
se le marcaban más las tres líneas que le atraviesan la frente y las patas de
gallo que le encadenan los ojos. Cada tanto, se pasaba una mano por los bigotes
canosos.
- Hice lo que pude, contestó ella.
_ Venite en la semana que te ayudo un poco con esa facha. Entró una nueva crema de pepinos, te van a aflojar un poco las ojeras y las líneas que tenés ahí, agregó. Y con la mano le tocó la frente.
_ Venite en la semana que te ayudo un poco con esa facha. Entró una nueva crema de pepinos, te van a aflojar un poco las ojeras y las líneas que tenés ahí, agregó. Y con la mano le tocó la frente.
- Son muchos años
de gorra, contestó Finestra. Con esta cara, no me queda otra
que seguir como cana.
- Chau Finestra,
pasate en unos días, insistió Gladys y encaró para la puerta.
- Te llevan en un
móvil, dijo rápido
Pero prefirió caminar unas cuadras. Volvió con el maletín y arrastrando las nike blancas -regalo de un sobrino- que alcanzó a manotear cuando sonó el teléfono a las dos de la mañana. Apenas recorrió unas cuadras, sintió que el vaho a muerto iba quedando anudado en las cornisas, en las calles, en las cunetas de la ciudad que a tras luz, ya con el sol picando, atravesaba.
DOS
Habrán pasado unas tres semanas. Finestra volvió a llamar.
- Hombre o mujer?
Le volvió a preguntar porque del otro lado Fino -como le dice ella a veces- se había
quedado callado.
- Femenino, le contestó y se escuchó que la línea se cortaba.
Sin más datos, el viernes bien temprano Gladys fue a la peluquería, a esperarlo.
A las ocho golpeó
el vidrio. Venía de civil. La desconcertó. No supo cómo tratarlo, se había
familiarizado a su uniforme. La chaqueta ponía una distancia entre ellos que le permitía estar más relajado. A veces, las instituciones, confieren un equilibrio precario.
Por eso, cuando lo vio tardó
unos segundos en reaccionar y Fino un poco nervioso, la apuró con una levantada de cejas mientras avanzaba hacía la puerta.
A medida que se
acercaba, Gladys vio a la piba.
Podemos decir eso, la Piba porque
al lado del Fino, lo era. Era una piba.
Gladys la pispeó de cerca. Ella, que tiene la mirada entrenada en descubrir el temor imperceptible que esconde una cara. Ese que es como una mariposa que aletear por debajo de una pestaña torneada. La chica llevaba un flequillo corto y el
pelo tirante en una colita. Petisa, flaquita. No parecía muy
atractiva pero tampoco fea. Más bien que era una de esas mujeres que
cuesta recordarlas. La había resumido bien Fino en su llamada, un
femenino. A secas.
- - Problemas con un femenino cana,
veremos, se dijo Gladys sonriendo. Los dejó pasar.
La piba avanzó con pasos cortos, mirando para abajo. Llevaba una mochila azul, un pullover de hilo también azul y pantalones. "Que cosa estos milicos, si hasta para coger se deben poner un trajecito azul", pensó mientras le devolvía a Fino la cabeceada que le había dado, como saludo.
La piba avanzó con pasos cortos, mirando para abajo. Llevaba una mochila azul, un pullover de hilo también azul y pantalones. "Que cosa estos milicos, si hasta para coger se deben poner un trajecito azul", pensó mientras le devolvía a Fino la cabeceada que le había dado, como saludo.
- Como anda todo
Gladys?, me dijo.
- Bien Fino,
gracias.
Y ahí Fino se largó
a hablar. Como una gallina clueca, tomaba un tema, discurría y sin terminarlo
pasaba a otro. Se preguntaba y se contestaba a la vez, hacía hipótesis.
Farfullaba.
Empezó con el tema
del tiempo y la importancia de podar los árboles ni bien comienza el otoño.
Luego le preguntó por el negocio, pero sin esperar respuestas aventuró un par
de ideas sobre la economía del país y el control de precios. En un momento,
como recordando que yo estaba ahí, le dijo,
-
"Decime Gladys, a vos el control de recios te afecta?".
A esa altura Gladys apenas lo escuchaba. Lo miraba tratando de entender qué le pasaba . Era claro
que estaba nervioso, nunca lo había visto comportarse así, como una gallina
clueca.
Pero lo que más intrigaba me daba era saber qué se traía Fino con la pendeja.
Por la piba, no había que
ser una luz para darse cuenta que estaba cagada en las patas.
- Y esta señorita
cómo se llama? le preguntó cortando la verborragia. Necesitaba ir al grano.
Mi pregunta lo dejó seco. Se puso serio y en la cara se le volvieron a plantar las ojeras
de siempre. Acomodó el cuello de su camisa y carraspeó.
-Rosalía, la
señorita se llama Rosalía.
Raro nombre para
una chica pensó, mientras saludaba a la piba.
Ahi nomás, habrá sido por verse en el medio de la cuestión, la chica empezó a lagrimear. Primero fueron unas pequeñas gotas que le corrieron por las
mejillas, que luego se convirtieron en dos zurcos que le bañaba un lado y el
otro de la cara. Con los puños del sweater de hilo, se enjuagaba las lágrimas. Sin éxito, aspiraba la nariz para no moquear.
Gladys atinó a pasarle
un brazo por arriba de los hombros y fue peor. Parecía difícil
pensar que alguien podía llorar más que eso, pero fue tocarla y el llanto se
duplicó, que digo, se cuadruplicó. Por un raro efecto del caudal de
lágrimas, ya no se se le veía la cara. Era toda agua. Como si el llanto pudiera
subir hasta cubrir las cejas, la frente, todo.
Quedaron paralizados los dos mirándola, hasta que Gladys lo cazó a Fino de un brazo y lo llevó para el fondo de la peluquería.
- Fino, qué es toda
esta historia?, le lanzó apenas se pararon al lado de la pileta de lavados.
- Vamos soltá
prenda que así no te puedo ayudar. En que andás metido con esta piba? Tuvo que
volver a insistirle. A esa altura era claro que el Fino era parte del problema
y algo se traía con la piba.
- Rosalía está
esperando un pibe Gladys, se enteró hace diez días.
- Ah, y el hijo de
puta que la embarazó no quiere hacerse cargo?, preguntó Gladys ya de manera medio
atropellada, porque estaba un poco ansiosa con tanta vuelta.
- No, no. Yo lo
quiero tener. Ella se lo quiere sacar.
Lo escuchó y tuvo
que acomodar en su cabeza las palabras. Fue como si Fino de repente le estuviera hablando en otro idioma, en chino mandarín o no sé, en guaraní. No podía creer lo que
escuchaba, tenía que haber un error. Finestra iba ser papá?, El mismo Fino que
no tuvo empacho en desfigurar a dos pibes una noche, porque ya los
habían agarrado otras veces choreando? El que duerme en una pensión a la vuelta
de la comisaria, porque dice que cuando termina el día no puede cuidarse ni a
sí mismo?
¿Fino defendiendo
su paternidad?
Mientras trataba
de calibrar la situación, lo escuchó que le dice:
- Me gusta la idea
de tener un pibe, a mi edad te podrás imaginar.
- Te felicito,
Finestra. Y fue decírselo y pegarle un abrazo que otra que campeones del mundo.
Lo abrazó por él, por el pibito por nacer, por los hijos que le hubiera gustado
tener, por los chicos de la escuela 13 que ve pasar todos los días. Lo abrazó por todos los pibes del mundo. Con esa cosa que tienen las mujeres
que les vibra la concha cuando piensan en bebés o cuando ven venir a otra
con uno de la mano.
- Te felicito, te
felicito, repitió varias veces.
Medio lagrimeando
creo, de a poco se fueron soltando.
- Y Rosalía quién
es?
- Es de Policía Científica,
vino a nuestra comisaria a dictar un curso de Análisis Criminal.
- Ya se que es cana
Fino, se huele desde la esquina. Lo que te pregunto es cuál es su historia,
cómo cayeron juntos, le dijo.
- Es buena mina, le
contestó. Un poco piantada nomás, como toda mina. Hace un tiempo que nos
andamos viendo, al principio medio afilando nomás, pero yo, creo que me fui
enganchando.
- Y ella te quiere?,
le preguntó.
- Que se yo, a
veces me parece que sí.
- Pero no quiere
tener al bebé. Que quilombo la verdad, le dijo, sin saber qué hacer.
- Por eso la traje.
Está así desde que se dio cuenta que estaba embarazada. No se le puede hablar,
se pone a llorar ya cuando me ve entrar. Casi no come de los nervios.
Tengo miedo que les haga mal.
Le partió el alma
ver a Fino hacerse cargo de su pedacito de familia, de ese amor medio
amontonado que tenía con la piba y de la sombra de vida que ella llevaba
en la panza.
- Yo de psicología
no sé nada Gladys, yo soy comisario, siguió hablando.
- Bueno, dejame que
voy a intentar, le dijo. Vos quedate acá, a ver qué pasa.
No sabía ni
cómo arrancar porque a la piba no la conocía y se la veía muy angustiada. Tenía
miedo que cualquier cosa que dijera empeorara la situación.
Fino quedó sentado
en uno de los sillones para lavar el pelo. Cuando Gladys encaró para la mina se di
cuenta que hacía un rato que ya no se la escuchaba. Fue tanta la emoción con
Finestra que se habían olvidado que a unos metros nomás había quedado Rosalía.
Al principio no la
vio. "Sonamos", pensó.
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