Fino se despidió rápido. Al irse, su mirada no se despegó del
piso. Esperando tal vez que las baldosas calcáreas, en sus arabescos castaños, pudieran decirle algo.
Desde adentro del local Gladys lo vio alejarse. Poco había quedado del Fino que hace un rato
nomás _con la prepotencia de sensaciones que la paternidad le había dado_ la abrazó largo, largo. La espalda parecía querer envolver el estómago
que, desde que Rosalía se las picó, se le había diluido por entre las piernas,
como la esperanza que se derrama y deja un reguero al costado.
Caminaba despacio. La gorra le caía a un costado queriendo
barrer las hojas que ya, con marzo avanzando, se arremolinaban por entre las
baldosas, el asfalto.
Cuando lo vio doblar la esquina, Gladys se aseguró que estuviera
puesto el cartel de cerrado. Eran las 9 y cuarto, le quedaban dos horas hasta
que llegara Mary.
Sin pensarlo mucho, fue para la habitación que está en el fondo.
En el cuarto había una mesa y una biblioteca de cedro. Había fotos de Gladys
cuando era chica. En una estaba en la playa, con un mechón de rulos que le cruza
la cara y los ojos entrecerrados por el sol. Había figuras de perros y gatos de
cerámica. Había un cartel de chapa:
Era el cuarto de trabajo de Raúl, el viejo de Gladys. Ahí recibía a sus clientes más antiguos. También, a los que venían con algún pedido especial, una necesidad atravesada. Ahí estudiaba.
Después que Raúl murió, tal vez habrá sido después de tres años, Gladys fue sintiendo que retrocedían de su pecho las escamas, las lágrimas cristalizadas de hija. Hija única.
Retazo de una familia que con ella se terminaba.
Ahí ella, con dos tijeras en cada mano, avanzó con sus brazos
tentáculos y sembró la peluquería por entre los cuartos de la vieja casa. Se
entreveró por los espacios que el recuerdo transparentó.
Raúl era ebanista. Trabajaba sobre maderas de otra era, casi de
otra galaxia: cerezo, almendro, ébano. Le
gustaba tornear la materia, mirarla a contraluz. Medía así las posibilidades que
cada trozo daba.
También lo hacía con las personas. Con sus ojos renegridos
(mímesis genética de los frutos del olivo de su tierra vasca) los miraba sin
mirar. Y en un corte transversal, como el que hacía con la sierra para biselar,
entendía qué necesitaban.
Ese cuarto había quedado como reducto del viejo muerto.
Pequeño mitin de espectros melancólicos al que Gladys recurría
cuando necesitaba.
≈
Gladys entró al cuarto. Prendió un velador que estaba sobre el escritorio y un
haz de luz color melón se proyectó sobre la madera veteada.
Subió a una pequeña escalera, que estaba al pie de la biblioteca
y se quedó mirando los tomos de la Enciclopedia Salvat que se alineaban en el
último estante.
Los tomos eran dieciocho. Agarró tres y bajó con cuidado. Afuera,
un jilguero buscaba imponerse con su canto, al sonido de una sirena que se
escuchaba rauda.
Continuará…
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