GLADYS
ALGO APARECE - Capítulo CINCO
por Laura Torres
La concha se derretía, se le deshacía por entre los
pliegues del pijama. La pelvis, grávida del miedo, pesaba como una hemorragia. Pasó el peso del
cuerpo a un pie y al otro, aspirando y exhalando con el movimiento. Buscó
afirmarse.
Se agachó hasta que las rodillas, curvilíneas, apuntaron al
cielorraso. Dejó que el centro del cuerpo cayera yerto, atraído por los
mosaicos. Parecía querer desprenderse hasta alcanzar el suelo. Una cálida
sensación de despojo la invadió.
Habrá permanecido así unos tres o cuatro minutos, como
escondida de las circunstancias. Un bufido o… un mugido, un sonido que en la distancia se
repetía se entremezcló con sus pensamientos. Primero fue una sensación, que fue
tomando la forma de una presencia más consistente. El mugido - quizás resabio de alguna siesta en el
campo- vibró en una curva de insistencia mayor hasta convertirse en una mosca que
le retumbó en el tímpano.
El teléfono del living estaba sonando.
Como pudo, estiró las piernas. Se acarició las pantorrillas,
que de nuevo parecían querer aflojarse.
Como si recién ahora se hubiera despertado, sintió en su
boca el sabor rancio de la madrugada. Caminó para el baño con el impulso de ir
a lavarse los dientes, pero la persistencia del teléfono la hizo volver.
-Quién carajo llama a esta hora?, se dijo mientras cruzaba
el living hasta llegar a la mesa rectangular de bambú donde está el teléfono.
Al lado había un cenicero blanco que decía Sevilla 2000 y
había un portarretratos de Jorge y ella
en la playa. Jorge con el torso desnudo, ella con una bikini azul fuertemente
anudada en la espalda y las tiras sueltas. Los hombros de los dos, puntiagudos,
desnudos, suspendidos de la línea de horizonte azul.
Cerca había una foto de los chicos, Martín con el pelo
revuelto por el viento, abrazaba una perra policía. Tenía los ojos entrecerrados, parecía que le molestaba el sol.
Se le cruzó el
pensamiento de que a Martín le había pasado algo y estiró la mano izquierda para
agarrar el teléfono. Chocó los dedos contra el aparato de plástico gris, el
teléfono se le cayó. Con la ansiedad de ese pensamiento, una bola de sangre se
pegó a la pared del pecho queriendo salir. Pensó esto no me puede estar pasando
a mí, para ella la muerte siempre resultó algo lejano. Hasta cuando se murió Dady
fue en un barco, cruzando el Atlántico. Lo enterró el consulado. Le pareció
escuchar de vuelta los llamados del cónsul en la madrugada, para contarle de la
cremación. Que había sido en una mañana gris en Ciudad de Cabo y que el cuerpo
no había llegado a descomponerse cuando tocó tierra firme. Que las cenizas
llegarían en el vuelo de un domingo, que nunca fue a recibir.
- A Dady todo esto no le hubiera gustado, se dijo y a través
de la ventana vio el techo del Honda gris metalizado. Murmuró algo en voz alta, como para
contrarrestar el teléfono que seguía llamando, o imponer una realidad a otra. Que
vendría a ser lo mismo. Se preguntó con
la voz aflautada si la mujer tirada en la calle con muchas heridas ocultas y
ojos vidriosos que miraban fijo –no los vio pero podía fingir que los había
visto para justificar el miedo que subía por los nudillos de la columna- era un
error, algo que iba a corregirse.
O una alucinación, parte del vaho de un sueño.
- Mientras no conteste estoy más segura, pensó y miró fijo
el teléfono que estaba tirado en un límite de los
bordes de la alfombra y las vetas oscuras del piso de madera. El teléfono era
su frontera.
Cuando lo miró dejo de sonar, como si supiera que lo había puesto
en una región de más afuera. Pero luego de un minuto recomenzó el timbre
rítmico.
Podía oler la transpiración de su propio cuerpo mezclada con
el hedor más rancio del miedo.
Se agachó para atender el teléfono.
- Hola, dijo alguien del otro lado, sin darle tiempo a decir
nada.
No reconoció la voz. Pero no le importó, porque tampoco
podía identificar otras cosas que estaban pasando. Se quedó en silencio.
- Hola, conteste!, insistió el otro, del otro lado del
teléfono. Tenía un tono imperioso. A la vez parecía hablar pausado. Demasiado
pausado para un llamado que insistía a las cinco de la mañana.
- Si, habla Marina, qué quiere?, apenas lo dijo se puteó a
sí misma por haber dado su nombre.
Ahora el otro ahora sabía que ella estaba sola y que era una
mujer asustada. Sólo una fucking mujer que está sola desliza su nombre hacia el
otro lado del teléfono porque un hombre llama a las cinco de la mañana.
- No hable alto que está llegando la policía, dijo el otro con
su voz pausada.
- Y le recomiendo
apagar la luz de la cocina, el patrullero debe estar a unas cuadras nomás, no
quiero que se meta en problemas.
Después cortó.
Marina dejó caer el teléfono y corrió hasta la cocina. Bajó
el interruptor. Debe haberse chocado con algo duro en el camino porque al día
siguiente vio que tenía un moretón sobre la cadera izquierda.
Con la espalda pegada al blanco de la pared, se deslizó hasta
quedar sentada en el piso. Tenía una rara sensación por el mensaje ambiguo, protector,
de el hombre de hablar pausado.
La respiración se juntó, ceñida, atrapada, en la parte alta de su pecho clavicular.
Levantó la mirada y vio unos discos blancos que se
reflejaron sobre las puertas del modular. Eran las luces reflectoras del
patrullero que silencioso estacionó a metros de la entrada de su casa.
Continuará...
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