lunes, 24 de marzo de 2014

Gladys. Algo aparece. Capítulo CINCO.

GLADYS

ALGO APARECE - Capítulo CINCO 


por Laura Torres


La concha se derretía, se le deshacía por entre los pliegues del pijama. La pelvis, grávida del miedo,  pesaba como una hemorragia. Pasó el peso del cuerpo a un pie y al otro, aspirando y exhalando con el movimiento. Buscó afirmarse.

Se agachó hasta que las rodillas, curvilíneas, apuntaron al cielorraso. Dejó que el centro del cuerpo cayera yerto, atraído por los mosaicos. Parecía querer desprenderse hasta alcanzar el suelo. Una cálida sensación de despojo la invadió.  

Habrá permanecido así unos tres o cuatro minutos, como escondida de las circunstancias. Un bufido o…  un mugido, un sonido que en la distancia se repetía se entremezcló con sus pensamientos. Primero fue una sensación, que fue tomando la forma de una presencia más consistente. El  mugido - quizás resabio de alguna siesta en el campo- vibró en una curva de insistencia mayor hasta convertirse en una mosca que le retumbó en el tímpano.

El teléfono del living estaba sonando.

Como pudo, estiró las piernas. Se acarició las pantorrillas, que de nuevo parecían querer aflojarse.
Como si recién ahora se hubiera despertado, sintió en su boca el sabor rancio de la madrugada. Caminó para el baño con el impulso de ir a lavarse los dientes, pero la persistencia del teléfono la hizo volver.

-Quién carajo llama a esta hora?, se dijo mientras cruzaba el living hasta llegar a la mesa rectangular de bambú donde está el teléfono.

Al lado había un cenicero blanco que decía Sevilla 2000 y había un  portarretratos de Jorge y ella en la playa. Jorge con el torso desnudo, ella con una bikini azul fuertemente anudada en la espalda y las tiras sueltas. Los hombros de los dos, puntiagudos, desnudos, suspendidos de la línea de horizonte azul.

Cerca había una foto de los chicos, Martín con el pelo revuelto por el viento, abrazaba una perra policía. Tenía los ojos entrecerrados, parecía que le molestaba el sol. 

Se le cruzó el pensamiento de que a Martín le había pasado algo y estiró la mano izquierda para agarrar el teléfono. Chocó los dedos contra el aparato de plástico gris, el teléfono se le cayó. Con la ansiedad de ese pensamiento, una bola de sangre se pegó a la pared del pecho queriendo salir. Pensó esto no me puede estar pasando a mí, para ella la muerte siempre resultó algo lejano. Hasta cuando se murió Dady fue en un barco, cruzando el Atlántico. Lo enterró el consulado. Le pareció escuchar de vuelta los llamados del cónsul en la madrugada, para contarle de la cremación. Que había sido en una mañana gris en Ciudad de Cabo y que el cuerpo no había llegado a descomponerse cuando tocó tierra firme. Que las cenizas llegarían en el vuelo de un domingo, que nunca fue a recibir.

- A Dady todo esto no le hubiera gustado, se dijo y a través de la ventana vio el techo del Honda gris metalizado.  Murmuró algo en voz alta, como para contrarrestar el teléfono que seguía llamando, o imponer una realidad a otra. Que vendría a ser lo mismo. Se preguntó  con la voz aflautada si la mujer tirada en la calle con muchas heridas ocultas y ojos vidriosos que miraban fijo –no los vio pero podía fingir que los había visto para justificar el miedo que subía por los nudillos de la columna- era un error, algo que iba a corregirse. 

O una alucinación, parte del vaho de un sueño. 

- Mientras no conteste estoy más segura, pensó y miró fijo el teléfono que estaba tirado en un límite de los bordes de la alfombra y las vetas oscuras del piso de madera. El teléfono era su frontera. 

Cuando lo miró dejo de sonar, como si supiera que lo había puesto en una región de más afuera. Pero luego de un minuto recomenzó el timbre rítmico.

Podía oler la transpiración de su propio cuerpo mezclada con el hedor más rancio del miedo.  

Se agachó para atender el teléfono.

- Hola, dijo alguien del otro lado, sin darle tiempo a decir nada.  

No reconoció la voz. Pero no le importó, porque tampoco podía identificar otras cosas que estaban pasando. Se quedó en silencio.

- Hola, conteste!, insistió el otro, del otro lado del teléfono. Tenía un tono imperioso. A la vez parecía hablar pausado. Demasiado pausado para un llamado que insistía a las cinco de la mañana.

- Si, habla Marina, qué quiere?, apenas lo dijo se puteó a sí misma por haber dado su nombre.

Ahora el otro ahora sabía que ella estaba sola y que era una mujer asustada. Sólo una fucking mujer que está sola desliza su nombre hacia el otro lado del teléfono porque un hombre  llama a las cinco de la mañana.

- No hable alto que está llegando la policía, dijo el otro con su voz pausada.

-  Y le recomiendo apagar la luz de la cocina, el patrullero debe estar a unas cuadras nomás, no quiero que se meta en problemas.

Después cortó.

Marina dejó caer el teléfono y corrió hasta la cocina. Bajó el interruptor. Debe haberse chocado con algo duro en el camino porque al día siguiente vio que tenía un moretón sobre la cadera izquierda.

Con la espalda pegada al blanco de la pared, se deslizó hasta quedar sentada en el piso. Tenía una rara sensación por el mensaje ambiguo, protector, de el hombre de hablar pausado.

La respiración se juntó, ceñida, atrapada,  en la parte alta de su pecho clavicular.


Levantó la mirada y vio unos discos blancos que se reflejaron sobre las puertas del modular. Eran las luces reflectoras del patrullero que silencioso estacionó a metros de la entrada de su casa. 


Continuará... 


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